¿Estás disponible?… fue la pregunta que reveló el sentido íntimo de cualquier otra escrita en el sms a la que El hombre no quiso contestar. — ¿Te puedo llamar? —No ahora. ¿Estás disponible esta noche? — leyó El hombre en la pantalla—.

La mujer adivinó que no, no le fue difícil, no obtuvo respuesta, ni que sí, ni que no. Acaso El hombre quería hacerse valer con un silencio grosero, pero sin duda eficaz, elocuente, frente a una mujer que le había advertido que solo podía aspirar a ser el amante de una lluviosa tarde de invierno, réplica que, por otra parte, lanzó con el objeto de comprobar el talante del jugador. —Claro. —Había contestado, El hombre —. “Claro”. No, de acuerdo, ni por supuesto, ni una tarde lluviosa de invierno.

El hombre simplemente no se dignaba a responder al SMS y la mujer se debatía entre quien estaba disponible pero no quería estarlo y quien no estaba disponible aunque lo quisiera, mutismo que era una derrota anunciada, muy desfavorable situación, insólita, desconocida, porque La mujer estaba pendiente del móvil en el bolsillo de la chaqueta cuando en casa no solía llevarlo encima, comprobando el implacable silencio después de haber aseverado además, vaya revés, que El hombre solo podía aspirar a ser el amante de una tarde lluviosa de invierno.

El suplicio había comenzado lento, como el sopor de una velada calurosa en el trópico y el cuerpo se templaba solo. La mujer llegó a la conclusión de que El hombre pretendía que ella viviera su mismo infierno, con el deseo inacabado en la piel, porque, a decir verdad, El hombre no podía sacarse de la cabeza el cuerpo desnudo, durmiente, de la mujer en la alcoba.

No verse sería lo mejor, dejarlo correr, pensaba La mujer y era solo una carta. Otra, decía, llámame tú, querida, ya que yo no puedo hacerlo cuando quiero.

De acuerdo, entre El hombre y La mujer no había ocurrido nada, unos labios ávidos que un desliz había reunido ebrios en la biblioteca hojeando aquella rara primera edición numerada de poesía que La mujer mostraba orgullosa de ser consciente del valor del ejemplar, algo aproximado a ella misma en esencia, y, al día siguiente, contra cualquier pronóstico, un animado enganche telefónico que se prolongó mas de lo debido; una hora que tal vez hubiera sido aconsejable evitar para no tener sorpresas desconcertantes, como había sido enterarse del dato y comprometedor detalle, —agárrense—, que El hombre hubiera abandonado el lecho sin que La mujer fuera consciente ni hubiera consentido a compartirlo ya que, mientras La mujer dormía, El hombre, al estilo de los cuentos del Decamerón en el siglo XXI, se había introducido en la alcoba. No solo se había introducido en la alcoba, sino que la alusión al lunar bajo la espalda era una irrefutable prueba.  “¿¡Cómo!? “—Sin embargo, por ahora, no desvelaremos los pormenores que pensamos sazonar en un futuro episodio, si me lo permiten. —

El amanecer inundaba los resquicios de las tupidas cortinas de la alcoba y El hombre la contemplaba con lujuria. Ajena a los codiciosos ojos, La mujer dormía, y la tortura del hombre se afilaba sobre el lecho con una sábana blanca que cubría tan solo la torneada pierna y parte de las apetitosas nalgas. En cuanto la tenue luz se intensificó, el hombre no pudo reprimir contemplar el espléndido cuerpo entero. Alzó el lienzo, pero no lo rozó. Se mordió los labios y fugitivo salió de la alcoba llevándose, sin embargo, el lunar en la punta de la lengua.

Pilar Mata Solano

Pilar Mata Solano

Escritor