Copete: A través del encuentro entre dos adolescentes, una española y otra colombiana, la película Libertad de Clara Roquet, disponible en Arte, explora las fronteras de clase, raza y género que estructuran el lugar de las mujeres latinoamericanas en la España contemporánea. Los personajes muestran la permanencia de las identidades estereotipadas asignadas a estas últimas, entre la imperiosa exigencia de los cuidados y la hipersexualización.
Resumen de la película
Es agosto en un pueblo costero español y la familia de Nora, una adolescente de unos quince años, se instala para pasar las vacaciones en su segunda residencia. Allí vive Angela, la abuela de Nora con enfermedad de Alzheimer, junto a Rosana, una joven colombiana contratada para cuidarla. Las tensiones en torno a la presencia de la empleada doméstica se hacen sentir desde los primeros minutos de la película y se intensifican con la llegada de Libertad, la hija adolescente y rebelde de Rosana, que viaja desde Colombia tras la muerte de su abuela. A medida que surge una amistad ambigua entre Nora y Libertad, las fronteras que las separan se vuelven cada vez más evidentes. Cada una intenta, desde el lugar que le ha sido asignado, abrirse un camino hacia la emancipación.
El relato de una asignación ambivalente a los cuidados
La película se abre con la imagen de Rosana limpiando los cristales de la casa familiar, oculta tras una cortina. Casi todo queda dicho sobre el lugar de la empleada en la estructura familiar: el de un cuerpo que ejerce un trabajo invisible mientras los demás están de vacaciones. Sin embargo, este cuerpo conminado a desaparecer al servicio de sus empleadores/as sale necesariamente del marco que le ha sido asignado. A través del propio ejercicio del care (cuidado), Rosana crea lazos que redibujan las fronteras de la familia.
En este sentido, Teresa, la madre de Nora, dirige hacia la empleada una mirada cargada de ambivalencia que refleja esta tensión. Rosana parece prestar a la anciana, «sin esfuerzo»[1], la atención y los cuidados que los miembros de su propia familia, absorbidos por su vida urbana, ya no le brindan. No obstante, el reconocimiento de Teresa se tiñe de desconfianza en cuanto el vínculo construido por Rosana con la anciana amenaza con sustituir al que la une a su propia hija.
Podemos ver aquí una ilustración de la paradoja del cuidado que describe Rita Segato en su ensayo El Edipo negro[2]. La antropóloga feminista analiza en él las relaciones de dependencia y rivalidad que se tejen entre las mujeres blancas y burguesas y las mujeres racializadas a quienes confían a sus hijos y mayores; el trabajo de cuidado produce así una relación paradójica, al situar a quien está socialmente relegada a una posición subalterna en un rol central para la organización familiar.
La llegada de Libertad, la hija de Rosana, complejiza aún más las relaciones que unen a Rosana con la familia española, poniendo de relieve el abandono que supuso para ella la migración de su madre. La adolescente, consciente de las relaciones de poder en juego, se niega a entrar en ese engranaje cuando le piden que cuide del bebé de la familia a cambio de recibirla en la casa, algo que se presenta como un «regalo» para premiar los leales servicios de su madre.
Sin embargo, aunque mediante esta negativa Libertad escapa al rol de nodriza al que la destinan, la adolescente colombiana tropieza rápidamente con otra forma de asignación.
El costo desigual de la emancipación y el tropo de la latina seductora
El encuentro entre Nora y Libertad es el de dos adolescentes opuestas en todo, empezando por su clase social y su posición en el orden racial heredado de las relaciones coloniales. Lo que las une, en cambio, es un deseo compartido de salir a toda costa del encierro familiar, aunque el costo de esta transgresión no es el mismo para cada una.
La primera escena en la que se las ve juntas las muestra en la bicicleta de Nora, dirigiéndose al pueblo en desafío a las prohibiciones paternas. Aunque ambas buscan salir de una coraza que las aprisiona, las cuestiones en juego para cada una siguen siendo muy distintas.
Para Libertad, la huida parece una cuestión de supervivencia, de reapropiación de su espacio y su dignidad, lejos de la imagen servil que le devuelve su madre. El impulso de Nora, por su parte, es el de una adolescente que busca transgredir normas familiares que la asfixian tanto como la protegen. Pues si bien Nora está a priori preservada del espectro de la «puta»[3] por su origen social, Libertad se halla plenamente expuesta a él. Lo que para una es un juego, un terreno de descubrimiento y experimentación, se transforma para la otra en una asignación identitaria: Libertad se convierte en la latina sulfurosa, sexualizada por la mirada colonial que perdura en las representaciones contemporáneas[4].
La relación entre Libertad y Manuel, el patrón del barco contratado por la familia española, revela además el desfase entre lo que Nora percibe como libertad y lo que constituye, para la joven colombiana, una estrategia de supervivencia en un espacio restringido por las asignaciones identitarias. De hecho, si Libertad despliega una feminidad seductora ante Manuel bajo la mirada envidiosa de Nora, lo hace sobre todo con la esperanza de conseguir que la lleve a Mallorca, donde quiere encontrar trabajo. En este contexto, lo que Nora percibe y envidia como un idilio veraniego es en realidad el medio para que la joven colombiana negocie con la identidad que se le ha atribuido y acceda a su autonomía financiera.
De este modo, lo que define y encierra a Libertad —en sentido literal y figurado, ya que todos sus intentos de huida fracasan— constituye para Nora una transgresión pasajera, una etapa más en la construcción de su feminidad.
Libertad, una historia de fronteras
La figura de la frontera está especialmente presente en la película de Clara Roquet, no solo como una línea que separa a las dos adolescentes, sino también como un espacio de encuentro y negociación de las asignaciones.
Aunque las adolescentes juegan a desdibujar los límites de la verdad —Nora contando por ejemplo las emociones sentimentales de Libertad como si fueran suyas, y Libertad pretendiendo ser una amiga de la familia más que una empleada—, la realidad las alcanza sin cesar.
En particular, la organización del espacio en la casa familiar le recuerda a cada una dónde está su lugar. El espacio de las empleadas —Rosana y su hija— está en todas partes y en ninguna a la vez; la pequeña habitación que comparten las instiga a ocupar el menor espacio posible, pero las reprimendas que sufren cuando los platos no se sirven lo suficientemente rápido o cuando Angela se escapa de su supervisión les exigen una presencia constante en cualquier lugar. El perímetro por el que se mueven Nora y los miembros de su familia es, en cambio, más amplio y flexible, orientado al placer y al exterior, ya sea en sus excursiones en barco o en la fiesta de verano en el jardín familiar. Aunque las adolescentes intentan cruzar estas barreras —Libertad intentando en varias ocasiones colarse en la cama de Nora tras sus excursiones nocturnas—, chocan sistemáticamente con llamadas al orden.
Incluso el mar, un espacio a priori común, se constituye en frontera entre las adolescentes: mientras Nora lo asocia con los placeres del verano, para Libertad representa un territorio hostil, al estar poco familiarizada con los animales marinos y asociarlo al recuerdo traumático de una ballena varada durante su única salida a la playa con su madre, antes de que esta partiera hacia Europa.
Así, aunque las mujeres de la película hacen uso, cada una a su manera, de su agenciamiento (agentivité)[5] para salir de los moldes —como la abuela enferma que no cesa de escaparse de la casa familiar en la que está recluida, o Teresa que se permite un adulterio—, sus márgenes de maniobra son reducidos y desiguales. La escena final de la película, que marca el regreso de Rosana y Libertad a Colombia tras ser despedidas por la familia después del fallecimiento de Angela, recuerda la permanencia de estas relaciones de poder.
Sin embargo, la amistad entablada entre las adolescentes, en su ambigüedad, no se constituye únicamente como un lugar de tensiones y confrontación con la realidad que las separa. Sus interacciones y su complicidad revelan, como describe Gloria Anzaldúa en Borderlands/La Frontera[6], que las fronteras son también un espacio de transformación, donde identidades múltiples se encuentran, se confrontan y se recomponen. Es precisamente en ese entre-lugar donde se sitúa Libertad: entre dos países, dos generaciones, dos posiciones sociales, pero en la búsqueda de otras maneras de ser mujer y latinoamericana en la Europa contemporánea.
[1] Sobre la mirada esencialista proyectada sobre el cuidado ejercido por mujeres racializadas, véase Qui gardera nos enfants ? Les nounous et les mères, investigación de Caroline Ibos (Flammarion, 2012).
[2] El Edipo negro, Rita Segato (Ed. Payot, 2022).
[3] Simone de Beauvoir retoma, en El segundo sexo, los orígenes del mito de la madre y la prostituta, que encierra a las mujeres en identidades cercenadas.
[4] Véase María Lugones, La colonialidad del género.
[5] Neologismo procedente del inglés agency, que designa la capacidad de los individuos para actuar sobre su trayectoria personal dentro de un entorno condicionado.
[6] Borderlands / La Frontera: La nueva mestiza, Gloria Anzaldúa (Ed. Cambourakis).

Marie Vilar
Jurista y columnista cultural, especialista en estudios de género