12 de enero de 2026.

Año tras año, no cesa el recuento de las extensiones de la Patagonia andina desgarradas por las llamas. La temporada estival se inauguró hace apenas unas semanas y ya los incendios forestales se multiplican. En el Parque Nacional Los Glaciares (Santa Cruz) y en el Parque Nacional Volcán Lanín (Neuquén), cerca de un millar de hectáreas acaban de desvanecerse en humo. En lo que respecta a la provincia del Chubut, la situación se antoja harto más dramática: dos zonas se hallan actualmente azotadas por incendios de gran magnitud, el Parque Nacional Los Alerces (al sur de Cholila) y la Comarca Andina, ya severamente damnificada el año pasado. En el corazón de esta última, entre El Hoyo y Epuyén, atizado por las altas temperaturas y un viento tan constante como imprevisible, el fuego ha devastado en seis días una veintena de viviendas así como 12.000 hectáreas de vegetación; tres mil personas, entre lugareños y turistas, han sido evacuadas de forma preventiva; más de quinientas personas se movilizan día y noche para combatir el gigantesco brasero con medios a todas luces insuficientes —un bombero permanece aún en cuidados intensivos tras sufrir graves quemaduras durante una intervención—. «Es la mayor tragedia ambiental de los últimos veinte años para la provincia», declaró el ministro de Bosques del Chubut, Abel Nievas. Numerosas voces no vacilan, por su parte, en emplear el término de ecocidio, máxime cuando el hallazgo de rastros de combustible en el sector donde se originó el incendio, Puerto Patriada, ha llevado a las autoridades a oficializar su origen intencionado, reforzando el malestar latente en torno a los intereses económicos y latifundistas que podrían estar en juego en este tipo de catástrofes.

El texto que sigue fue escrito a finales del verano de 2025; no obstante, las problemáticas planteadas por este nuevo incendio —falta de medios, ausencia de prevención, intencionalidad, impacto económico y social en la región— exhalan una irrespirable impresión de déjà-vu.

Nota: Patricia Bullrich fue reemplazada por Alejandra Monteoliva al frente del Ministerio de Seguridad de la Nación el pasado diciembre; la estrategia gubernamental del chivo expiatorio permanece, sin embargo, idéntica.

Arbre incendié en Patagonie

Llueve esta mañana sobre el primer domingo de marzo, sobre la plaza del mercado de El Bolsón y sobre la Comarca Andina, comarca abigarrada en equilibrio entre las provincias de Río Negro y de Chubut, donde la cordillera ciñe lagos azulados y donde lo rústico se codea con lo forestal. Los artesanos y pequeños productores, reunidos como cada fin de semana, despliegan grandes lonas con el fin de mantener secos sus puestos de alfarería, joyas, empanadas, mermeladas, cosméticos y tallas en madera. Llueve, y para todos los habitantes de la Comarca esta lluvia no podría haber sido más oportuna. Pues no solo arden las Californias. Año tras año, no cesa el recuento de las extensiones de la Patagonia andina desgarradas por las llamas y este verano, con mayor rigor si cabe, el fuego no ha dado tregua: cerca de 48.000 hectáreas de bosque carbonizadas, vegetación autóctona y pinos exóticos, consumiéndose estos últimos a una velocidad más pavorosa que las esencias patagónicas y desempeñando el siniestro papel de aceleradores del incendio. 48.000 hectáreas así como, o más bien y sobre todo, multitud de viviendas entrelazadas con ese paisaje, fundidas en aquel brasero, reducidas a la nada y dejando a cerca de trescientas familias en la urgencia de re-alojarse de un modo u otro antes del invierno.

Así, cerca de aquí, en Mallín Ahogado, en Epuyén un poco más al sur, en Atilio Viglione más al sur todavía, hacia el norte en el sector Manzanos del Parque Nacional Nahuel Huapi y más al norte aún en el Parque Nacional Lanín, sobre el menor palmo de tierra que aún se calcina, la lluvia es recibida con esa suerte de emoción que se experimenta ante quien regresa de la muerte. No solo porque vendrá a relevar y aliviar a los equipos de brigadistas, soldados del fuego exhaustos tras dos meses de un cuerpo a cuerpo desigual; sino también porque, al hilo de los años, las precipitaciones han desertado de unas temporadas estivales donde se aprende a transitar por una fragua que a menudo roza los 40 grados, condiciones ideales para intensificar el estrés hídrico y los riesgos de ignición de un territorio altamente inflamable. El rayo que se desploma sobre una ladera, dos cables eléctricos friccionados por el viento, una colilla mal apagada, un fragmento de vidrio que hace las veces de lupa, una chispa escapada de una barbacoa: es el efecto mariposa aplicado a los incendios: el aleteo de una centella puede asolar un número pavoroso de kilómetros cuadrados en pocas horas, como sucedió en marzo de 2021 entre las localidades de Las Golondrinas y El Hoyo, cuando 14.000 hectáreas y medio millar de casas, galpones y edificios diversos ardieron en apenas una tarde.

Maison brûlée en Patagonie

Más allá de las alteraciones del régimen climático debidas al calentamiento global —fenómeno negado a porfía por el presidente Javier Milei—, la falta de prevención y de personal en la gestión de los parques nacionales, la carencia de medios y la precarización de los brigadistas, así como los recortes presupuestarios de los últimos meses en el dispositivo nacional contra incendios en medios naturales, el SNMF, son señalados cuando se interroga la magnitud de las devastaciones de este verano. Al asumir su cargo en septiembre de 2024, el subsecretario de Estado de Medio Ambiente, Fernando Bron, había sintetizado la situación en una frase: «Para el gobierno, los bosques y los incendios son prioridad cero». En este contexto de desentendimiento estatal, la acción de las brigadas de voluntarios autogestionados, que asisten a los bomberos humana y materialmente, resulta preciosa para frenar el avance de los fuegos forestales y preservar las zonas habitadas, tal como se pudo constatar en Mallín Ahogado y en Epuyén.

«El Estado no aplica las medidas preventivas y se niega a invertir en la lucha contra los incendios porque ciertos sectores económicos tienen todo el interés en que la región siga ardiendo», declaraba al periódico La Vaca el pasado febrero Jorge Nawel, dirigente de la Confederación Mapuche de Neuquén. Nawel recuerda en dicha entrevista que la ratificación del paquete legislativo impuesto por el presidente Milei en 2024, la Ley Bases, ha dejado sin efecto la legislación que prohibía la venta o el uso de terrenos incendiados con fines comerciales, y da a entender que esta nueva situación legal podría favorecer la puesta en marcha de diversos proyectos inmobiliarios. La multitud de focos de incendio este verano, generalmente al alba, apenas deja dudas sobre el origen intencionado de la mayoría de ellos; por tanto, ¿cómo no contemplar la hipótesis de que círculos influyentes busquen generar un cambio en el uso del suelo mediante una política de tierra quemada?

Véhicule et logement brûlés en Patagonie

Por su parte, los gobiernos nacional y provincial han recurrido a su estrategia habitual: desviar la atención mediática hacia las comunidades mapuches. Así, tres días después del inicio del incendio de Epuyén en enero, el gobernador de la provincia de Chubut, Ignacio Torres, insinuaba que la catástrofe estaba vinculada a la reciente expulsión de la comunidad Pailako de un sector del Parque Nacional Los Alerces, a unos cincuenta kilómetros al sur. En cuanto a la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, no aguardó mucho más para desenfundar en las redes su epíteto predilecto cuando se expresa sobre el pueblo mapuche: terrorista. De manera más general, la actitud de los dirigentes políticos provinciales ha sido la de lanzarse a toda costa a la caza de culpables, aun a riesgo de difundir informaciones falsas en los medios locales y de detener arbitrariamente a una decena de voluntarios que precisamente se habían comprometido en la lucha contra el fuego junto a los bomberos. A mediados de febrero, estos arrestos generaron fuertes tensiones frente a la comisaría, a pocos pasos de aquí, entre una treintena de manifestantes que pedían la liberación de los chivos expiatorios y un grupo de jinetes particularmente virulentos —una patota bien conocida en la región—, que acudieron a intimidar a los protestatarios bajo la mirada de un puñado de agentes de policía de una pasividad del todo desconcertante.

Sigue lloviendo sobre El Bolsón. Bajo las lonas desplegadas sobre los puestos, los artesanos encadenan rondas de mate entre dos parroquianos que han desafiado las gotas. Al compás de las semanas, a medida que el otoño se instale en la Comarca, las precipitaciones terminarán de enfriar las hectáreas de cenizas abandonadas por el verano. En la larga franja de la Patagonia andina que se extiende desde el lago Viedma hasta el volcán Lanín, nadie ignora, sin embargo, que todo fuego es un Fénix que, desde finales de la primavera, deja planear su sombra sobre la cordillera, sus bosques y sus habitantes.

Nicolas Le Breton, autor ambulante

Nicolas Le Breton, autor ambulante

Fotos de Julieta Aguilera