Ricardo Rendón, para muchos, el mejor caricaturista político de la historia de Colombia, llegó vestido de impecable traje negro, como siempre se solía vestir, a las seis de la tarde del 28 de octubre de 1931 a la conocida y concurrida cigarrería La Gran Vía, situada en la carrera séptima con calle 17, en el centro de Bogotá, pidió una cerveza, se sentó en la única mesa libre que había, sacó pausadamente su cajetilla, de los ya muy populares, cigarrillos Pielroja, cuya imagen, había diseñado unos años antes, prendió uno, y, después sacó de un bolsillo de su chaqueta, una hoja de papel y un lápiz, que siempre cargaba, porque pintaba usualmente sus dibujos y caricaturas en algún bar o taberna, y, dibujó, en su último dibujo un diagrama de líneas rectas. Acto seguido, bebió un sorbo de cerveza, y, aspiró, con serena calma, de nuevo el cigarrillo, mientras sacaba del otro bolsillo, una pistola Colt 25, que, se disparó, sin titubear, en la sien, causándole instantáneamente la muerte. Pero, antes de morir, escribió, en la bandeja mojada de la cerveza, que, había usado, para traerla del mostrador, “Suplico, que no me lleven a casa”.

Seguramente, antes de morir, pensó y recordó de nuevo, a Clarisa, aquella bella joven de la que se había enamorado intensamente años antes, y, que, sus padres, al verla embarazada, la internaron a la fuerza en un convento, donde, al poco tiempo murió. No pudo soportar el dolor, que, todos los días le provocaba el vacío que había dejado en su existencia, su injusta y trágica partida, y, que, había sido, también, la de su hijo en ciernes. Doble muerte, de sus seres queridos, a los que decidió seguir para siempre, esa tarde bogotana, lluviosa y fría, con la desesperada ilusión, en la que no creía mucho, de verlos y encontrarlos allí, en ese reino de la muerte, del que nadie regresa.

Pero, en su corta vida, vivió apenas 37 años, Rendón, alcanzó a dibujar un sinnúmero de caricaturas, y, publicarlas, en los principales periódicos y revistas de la época, que, le dieron renombre y justa celebridad. Caricaturas, de un implacable contenido crítico, porque, retrató y mostró, con singular maestría, una de las maneras características que tienen los órganos de poder, tanto seculares como eclesiásticos, de conducir, sin necesidad de usar la violencia, al pueblo o las “masas”, por el camino que les trazan, por el sendero, que, los lleva a la meta o el “lugar” donde se encuentran sus particulares objetivos políticos, ajenos, generalmente, a los intereses de ese pueblo, que, conducen. Y, al hacerlo así, estos órganos de poder, tratan a los miembros de ese pueblo como si fueran “dóciles animales domesticados”, que, no presentan resistencia a sus órdenes o como puros organismos mecánicos, que, repiten, sin pensar, y, sin cesar, las consignas y los mensajes, que les dan.

Y, los órganos y personajes poderosos, pueden ejercer a sus anchas, y, con eficacia, este poder sobre el pueblo, los pueden dominar y someter a su voluntad política, debido, a, que, a los miembros de ese pueblo, no se les ha enseñado en las escuelas, y, en sus familias, a usar su razón, para pensar por su propia cuenta, y, llegar a ser autónomos. Pues, solo, los hombres, que, usan su razón, pueden examinar y juzgar las planes, propuestas y decisiones políticas, de quienes detentan el poder, y, oponerse críticamente a ellas, cuando, las encuentran incorrectas, injustas, ajenas a sus intereses, o, simplemente, innecesarias o inviables. Hanna Arendt, sostuvo años después, como, reafirmando y confirmando esta idea de Rendón, a quien nunca conoció, que, solo cuando los hombres aprenden a pensar por su propia cuenta, pueden resistir y oponerse al mal, que, muchas veces, se encarna en el poder. Al mal, aclararía Rendón, de ser sometidos, como “animales domesticados”, a sus órdenes y decisiones.  

Sin embargo, ocurre con frecuencia que muchos miembros de una sociedad gobernada por un tirano, un déspota o régimen autoritario deciden “libremente” no usar su razón, no pensar por su propia cuenta sino, al contrario, consentir o aceptar voluntariamente la opresión que viven y sufren, es decir, la falta de libertad de la que ese régimen los ha despojado. Este fenómeno es muy habitual y común en los regímenes autoritarios. El consentimiento voluntario, explícito y público, que le da una parte de la sociedad es una de las razones más importantes que le permite mantenerse en pie. Gracias a este apoyo de un numeroso sector de la sociedad este régimen adquiere una apariencia de legitimidad.  Solo, por lo tanto, cuando ese consentimiento poco a poco comienza a debilitarse y deteriorarse ese régimen autoritario entra en crisis, se inicia el fin de su existencia. 

Políticos jugando al tejo

Esta actitud o comportamiento de muchos integrantes de una sociedad gobernada por déspotas la mostró y expuso muy bien en pensador y magistrado francés del siglo XVI Étienne de la Boétie en su conocido breve ensayo Discurso sobre la servidumbre voluntaria que publicó en 1549. Conducta, en principio extraña y paradójico, que necesita ser explicada. ¿Por qué muchos seres humanos quieren vivir sin libertad, por qué quieren vivir sometidos u oprimidos por un poder despótico? En otras palabras, ¿Por qué muchas personas quieren que el mal encarnado en el poder gobierne sus vidas?

Y la razón principal que explica esa voluntad o querer de muchas personas que viven sometidas por un poder de esta naturaleza es la de que al nacer, crecer y vivir en su seno de régimen se habitúan a convivir con él como si fuera una realidad política normal o natural. Dice de la Boétie: “Los hombres nacidos bajo el yugo y educados en la servidumbre, se contentan viviendo como siempre han vivido, y no ambicionan más bienes ni derechos […] la primera razón por la que los hombres sirven voluntariamente, es que nacen siervos y son criados como tales”. Así como los seres humanos creen muchas veces que las ideas y concepciones del mundo y la vida que han aprendido desde niños son válidas, también creen que el régimen político que los ha gobernado desde niños es válido o legítimo. Es muy común que muchos seres humanos reconozcan como verdaderas las ideas de carácter cultural que han aprendido de sus padres y maestros en la infancia. Son ideas que las aceptan de manera casi natural sin cuestionarlas o problematizarlas, es decir, sin reflexionar críticamente sobre ellas, como lo mostró bien Husserl.

Y, también, es natural que vean o sientan como un hecho casi natural de sus vidas un régimen político autoritario o despótico que ha estado presente desde que nacieron en sus vidas. Solo cuando se atreven a pensar por su propia cuenta, a usar críticamente su razón, es que descubren y comprenden que no pueden seguir consintiendo o reconociendo como válido ese régimen porque los priva del derecho natural a ser libres. Y, por lo tanto, que es un deber imperativo no solo criticarlo sino también luchar para lograr su supresión. Por eso, de la Boétie, anticipándose varios siglos a los pensadores ilustrados y a Hanna Arendt, afirmó en su Discurso que “Los libros y el saber dan a los hombres, más que ninguna otra cosa, el sentido y la capacidad de reconocerse a sí mismos y de odiar la tiranía”. Es el saber científico y filosófico el que le da a los seres humanos la posibilidad valiosa de reconocerse a sí mismos como en realidad son, como seres libres por naturaleza. Y, al aprenderlo, abandonan el querer que tenían de ser sometidos por un poder autoritario para sustituirlo por el querer liberarse de ese poder que los oprime, que los ha despojado de su libertad que es una condición esencial e inalienable de su SER.

 

Ricardo Rendón y Étienne de la Boétie

Roman Gomez 1933

Camilo Garcia Giraldo

Camilo Garcia Giraldo

Filósofo y escritor