Durante cuatro años, Camilo Gómez filmó y luego montó una película sobre los buscadores de oro del Chocó y sobre los joyeros. El resultado va más allá del documental, es otra Colombia la que aparece, lejos de los clichés que el mundo hace circular con demasiada frecuencia.
Son las siete de la tarde en la Maison de l’Amérique latine, los postigos se cierran y la luz baja. El público es variado, la juventud se mezcla con rostros de mayor edad, y algunos rezagados se deslizan en la sala en el momento en que aparecen las primeras imágenes. Nadie les presta atención, porque lo importante esta noche es la película, y la presencia de un público que ha venido a descubrir a Camilo Gómez y su obra, Manos que hablan, en francés Des mains qui parlent.
Proyectado por primera vez en Bogotá en 2023, este proyecto necesitó cuatro años para llevarse a cabo. Cuatro años para volver, una y otra vez, ganarse una confianza y aprender a mirar sin juzgar. Al final de la proyección, Camilo Gómez evoca su lugar de investigador frente a lo que ha filmado y cuenta haber sido bien acogido, sin que su diferencia con las comunidades afrocolombianas cambiara nada.
Insiste luego en el hecho de que este documental nació de lo más profundo de él. No finge una mirada neutra puesta sobre los demás, está realmente comprometido con lo que ve, con la gente que encuentra, y lo reivindica. Es esa honestidad consigo mismo la que da a la película su exactitud.
La película sigue a algunos habitantes del Chocó, esa región del Pacífico colombiano donde el oro se mezcla con el barro de los ríos. Tierra de una biodiversidad excepcional y poblada en gran parte por los descendientes de esclavos traídos antaño para trabajar en las minas, el Chocó lleva en su suelo una historia de riqueza y de despojo.
Camilo filma a quienes extraen el metal, a quienes viven de él, a los joyeros, y a quienes sufren sus consecuencias. Se detiene en los gestos, los rostros, lo cotidiano, y deja aparecer poco a poco todo un sistema, el de una economía mundial que echa raíces en el fondo de una mina. En el documental, nada es demostrativo, todo pasa por el detalle y por la paciencia de la mirada.
Al abordar temas centrales de la explotación minera y de sus principales actores, piensa también en la importancia de las mujeres. Interroga a tantas, a veces incluso más, como a hombres. Pues lejos de ser relegadas a un lugar inferior, ocupan en esa jerarquía un papel al menos igual, a veces superior. Son ellas, como los hombres, quienes transmiten, quienes organizan, quienes mantienen en pie una economía y una comunidad a menudo frágiles. La película les devuelve ese lugar pleno y entero, sin subrayarlo de manera artificial, simplemente dándoles el tiempo de hablar.
Queda una dimensión más secreta, la de lo sagrado. Aunque gran parte de la película se detiene en el oro que se vende, Camilo comparte también un capítulo sobre su alcance casi animista, un vínculo antiguo entre la tierra, los vivos y lo que extraen de ella. Para quienes lo buscan, extraer ese metal no es solamente una artesanía pura. Hay allí una creencia, un respeto, a veces un temor, como si se tocara algo que sobrepasa lo humano. Ese espesor espiritual atraviesa la película en sordina y le da su profundidad.
Este trabajo, aclamado mucho más allá de París, prosigue hoy su camino en el circuito de la gira europea. Manos que hablan recibió el premio al Mérito excepcional en el Nature Without Borders International Film Festival, así como el premio al mejor documental medioambiental en los Vancouver International Movie Awards, en septiembre de 2023. La película también fue seleccionada oficialmente en el Festival de cine de Huánuco, en Perú, y en el Festival internacional Cine en las Montañas, en Salento, Colombia. Otros tantos reconocimientos que confirman el alcance de una mirada anclada en una región precisa pero cuyas cuestiones atraviesan el mundo entero.
Mucho más que un documental minero
Cuando se mira la película, no se mira solamente la explotación del oro, sus actores y sus consecuencias. Se descubre el verdadero rostro de Colombia. Paisajes que se tiñen de colores deslumbrantes, la selva que da paso a las viviendas, y luego a los seres vivos.
La cámara se toma el tiempo de detenerse en esa naturaleza exuberante, y se comprende que el oro no es el único tesoro de la región. Es esa Colombia la que Gómez viene a mostrar, la que resiste a los estereotipos, la que la violencia y el narcotráfico borran con demasiada frecuencia en el relato que el mundo se hace del país.
Pero lo más impactante de la velada quizá no fue la película en sí misma. Fueron las respuestas del director. Una espectadora lo interroga y le pregunta cuáles son las soluciones para los habitantes del Chocó frente a todos esos problemas. La pregunta permite volver a situar en su contexto el problema de fondo, donde el Chocó no es más que una región aurífera entre tantas otras en el mundo. El director le responde haciendo referencia a un problema que no es local sino mundial. La contaminación por mercurio, la precariedad, la explotación de los más vulnerables se encuentran en todas partes donde se cava por ese metal. Señalar una sola región sería equivocarse de objetivo.
Y puesto que más de la mitad del oro extraído, cerca del 54 %, termina en las joyerías, la responsabilidad no recae solamente sobre quienes lo extraen. Recae también sobre quienes lo llevan. Cada anillo, cada cadena conserva la huella de un río y de las manos que lo buscaron. La película no culpabiliza, tiende un hilo entre una mina del Pacífico colombiano y un escaparate europeo, e invita a cada uno a ver lo que de ordinario se prefiere ignorar.
Las soluciones, entonces, deberán ser mundiales. Camilo Gómez remite a cada uno a su parte, la del público y la del consumidor. La luz vuelve a la sala, pero la conversación no se detiene. Al público, dice, le toca transmitir su voz.
Camilo Gómez trabaja hoy en un estudio comparativo entre las personas sin hogar de Toronto y de París, que tal vez conduzca en el futuro a otro documental…

Lucien Février
Periodista