Cuando Javier Milei celebra su victoria en las elecciones legislativas de 2025, otra cifra domina discretamente el escrutinio: más de 11,7 millones de argentinos no acudieron a las urnas. En un país donde el voto es obligatorio, el fenómeno es histórico. Con una participación reducida al 67,92 %, Argentina registró el nivel de abstención más alto desde el regreso de la democracia en 1983.

 

De los 35 millones de ciudadanos inscritos, 11 millones de argentinos no votaron en las últimas elecciones legislativas. Si se suman además 665 000 votos en blanco y 598 000 votos nulos, son cerca de 13 millones de electores los que no expresaron ninguna elección —más que el total de votos obtenido por cualquier partido político. La abstención se ha convertido, con diferencia, en la primera fuerza política del país.

Un voto, sin embargo, obligatorio

En Argentina, todo ciudadano de entre 18 y 70 años está legalmente obligado a votar, bajo pena de multa e inhabilitación para ejercer cargos públicos. Con el regreso de la democracia en 1983, tras siete años de dictadura militar, el acto electoral poseía una fuerte carga simbólica y la elección de Raúl Alfonsín fue vivida como mucho más que una simple alternancia política: representaba la salida del terror de Estado y el retorno de un horizonte democrático en un país marcado por las desapariciones forzadas, la censura y la represión. Durante las décadas siguientes, la participación electoral osciló generalmente entre el 76 % y el 85 %. Pero hoy la multa —de entre 50 y 500 pesos— prácticamente nunca se aplica, y una parte de los argentinos ha perdido aquella fe en la democracia que el país conocía en 1983, ayudada por una sucesión de gobiernos que desembocó en una inflación cercana al 300 % en 2024.

 

2001: «Que se vayan todos»

Para comprender la abstención contemporánea en Argentina, hay que remontarse a la crisis de 2001. El colapso económico, el congelamiento de las cuentas bancarias, la explosión del desempleo y de la pobreza sumieron al país en una de las crisis sociales más graves de su historia reciente. En pocas semanas se sucedieron varios presidentes, mientras las manifestaciones se multiplicaban en todo el territorio. Entre las cacerolas que resonaban en las calles de Buenos Aires surgió un eslogan que marcaría profundamente la vida política argentina: «Que se vayan todos». La crisis produjo un rechazo generacional hacia toda la clase política que nunca llegó a disiparse del todo. En las legislativas de octubre de 2001, la participación aún alcanzaba el 75 %, pero el voto bronca explotó: los votos blancos y nulos representaron el 25 % de los sufragios en Buenos Aires y Santa Fe. La rabia comenzó expresándose dentro de las urnas antes de aprender a manifestarse mediante la abstención. Desde 1983 siempre existió un núcleo estructural de entre el 15 % y el 22 % de abstencionistas. Pero en 2025 esa cifra creció hasta el 32 %, es decir, entre 10 y 17 puntos de nuevos abstencionistas se sumaron al fenómeno. La crisis de representación en Argentina no es reciente; Milei es su culminación.

¿La paradoja Milei?

La inflación crónica, las devaluaciones y el endeudamiento recurrente han instalado en una parte creciente de la población una convicción pesimista: ningún gobierno resuelve nada de manera duradera. El peronismo nacionalista de Perón se volvió neoliberal bajo Menem y luego progresista bajo los Kirchner, dejando sin embargo casi siempre los mismos problemas económicos a los argentinos. Esta plasticidad ideológica terminó debilitando las grandes identificaciones partidarias que estructuraban la vida política, acentuando así el fenómeno abstencionista —sin olvidar a los cientos de miles de argentinos que emigraron al extranjero, siguen inscritos en los padrones nacionales y ya no votan.

En este contexto, el ascenso de Javier Milei podría parecer contradictorio con esta crisis de representación. El presidente libertario logró movilizar a una parte de la sociedad argentina gracias a su discurso antiélite, sus ataques permanentes contra “la casta” política y su capacidad para canalizar la ira de una juventud que creció al ritmo de las crisis económicas. Pero el éxito electoral de Milei no significa necesariamente una reconciliación de los argentinos con su sistema político. Constituye, más bien, una de las expresiones más espectaculares de esta crisis. Porque mientras una parte de la población se radicaliza políticamente en torno al presidente, otra parece abandonar silenciosamente el juego democrático. Argentina vive así dos dinámicas simultáneas: una hiperpolitización por un lado, concentrada en la extrema derecha, y una desmovilización creciente por el otro.

La reducción de la inflación desde 2024 ciertamente permitió al gobierno conservar su base electoral. Pero los salarios son hoy un 8 % inferiores a los de comienzos de 2023, y una de cada tres personas vive por debajo del umbral de pobreza. Ahí reside la verdadera lectura de estas cifras: la abstención récord de 2025 no es una señal de alarma democrática, sino un barómetro del cansancio social. Los argentinos no rechazan la democracia: después de tantas crisis, simplemente han aprendido a medir sobriamente sus efectos.

 

Achille Franchet

Achille Franchet

Periodista

Traducido del francés por Achille Franchet