« Ah, te vi entre las luces
Con tu cara toda azul… »
Las canciones, con la excepción de las anglosajonas, cruzan fronteras con menos facilidad que otras formas de arte. Conocemos a Larsonn y a Bergman, a Mishima y a Kurosawa, a Goethe y a Murnau, pero nos costaría nombrar grupos de música suecos, japoneses y alemanes. En Argentina, Charly García es un dios; en el resto del mundo, salvo quizá en España, es un completo desconocido.
Charly García es un músico brillante y un poeta maravilloso. Era muy delgado, como “El Flaco” Spinetta, como muchas estrellas del rock. A veces llevaba el pelo largo, a veces gafas oscuras. David Bowie tenía un ojo verde y otro azul. Charly García tenía un bigote negro por un lado, y blanco por el otro, como si una de las partes hubiera envejecido más rápido.
Como todos los bellos misterios, el bigote de Charly García lleva siendo objeto de fascinación y de interrogantes desde hace varias décadas. En toda América Latina, de Bariloche a Guadalajara, se han celebrado simposios para intentar descubrir su origen secreto. Pero el misterio permanece.
El propio Charly ha propuesto una explicación. Cuando tenía cuatro años, sus padres emprendieron un largo viaje por Europa, dejándo a él y a su hermano al cuidado de su abuela. Sufrió tanto por su ausencia, dice, que le aparecieron manchas blancas en el lado derecho de la cara, de modo que años más tarde la parte del bigote que le creció allí también era blanca.
Otra teoría dice que cada mañana, delante del espejo, Charly se pintaba de blanco el lado derecho del bigote con un pincel diminuto. Según otra hipótesis, en realidad, contrariamente a la creencia popular, su bigote era totalmente blanco, y todas las mañanas, delante de un espejo, Charly se pintaba el lado izquierdo de negro con un pincel minúsculo. Una tercera teoría, ideada por un peluquero tucumano, afirma que sólo se trataba de un sublime postizo.
Una mente audaz y poco rigurosa (como la mía) podría ver en este bigote un avatar de la eterna lucha entre el Ying y el Yang. También podría verlo como una expresión peluda de la creencia de Dostoievski de que todo hombre es a la vez ángel y demonio. Por último, podría ver en él un símbolo del carácter dual de Charly, ser de rock y música clásica, de violencia y dulzura, de sombra y luz, autor tanto de Demoliendo Hoteles como de Canción para Mi Muerte.
La primera vez que escuché a Charly García, estaba en la habitación que ocupaba entonces en el pabellón japonés de la Cité Internationale. Era una habitación con unas paredes blancas que ya no eran tan blancas y una moqueta verdosa que olía como tal. Me habían enviado una lista de reproducción de canciones argentinas del otro lado del océano, entre ellas varias de Charly García. Hasta entonces sólo había escuchado canciones en inglés o francés, y todo un continente se abrió ante mí, un continente desconocido y fascinante en el que encontré y sigo encontrando nuevas bellezas. Desde aquel día, la voz de Charly nunca me ha abandonado, acompañándome en mis duchas y en mis viajes, en mis melancolías y en mis alegrías.
Algunas de sus canciones son como cristales azules o crepúsculos de verano. Éstas, al producir la nostalgia de las cosas conocidas y desconocidas, tocan el alma como sólo la belleza puede hacerlo. Sólo me basta con escuchar los primeros acordes de Ojos De Video Tape o de Cinema Vérité para que se me salten las lágrimas. Otras, como Demoliendo Hoteles o Yo no Quiero Volverme Tan Loco, dan ganas de romperle un jarrón en la cabeza a la primera persona que se cruce, de bailar hasta la muerte.
Ahora que su bigote es completamente blanco, Charly ha perdido la voz. No me parece ninguna coincidencia.

Nicolás Almanza
Traducción: Julia Amo
Ilustración: Francisco Javier Urtubia