“In vino veritas,
in agave tequilana, ya verás…”
– Plinio el Viejo, y yo
Me llegó una invitación de mi editor y querido Román para atender a un festival dedicado a la promoción de los productos del agave: Viva Agave 2026. Dos días de catas, de charlas, de actividades y eventos en torno al tequila y el mezcal, así como otras bebidas destiladas a partir del maguey, o agave. ¡De una! Fui. Mal preparado, a decir verdad. Llegué al hotel Kube, que es exactamente lo que pretende: un cubo de tranquilidad y de elegancia, un oasis inesperado a la vuelta de un bulevar desdichado, donde cinco minutos caminando desde el metro me bastaron para presenciar tres redadas de policía contra los traficantes de cigarrillos de contrabando y unos pobres afganos incomunicados. Desde los tiempos del Covid, la zona se está ganando rápidamente el apodo de “pequeño Kabul”. Y entre tráfico, remesas en efectivo y peleas de territorio, se producen frecuentes estallidos. Pan bendito para los fascistas, a pocos pasos del Sagrado Corazón de Montmartre. No creo en soluciones desde la seguridad, pero algo de orden público para evitar riñas con machete en plena calle no estaría de más.
Entro en el cubo, pues, mal desayunado y cansado después de una noche incómoda y un resfriado tenaz. Me entregan el vasito de catar, y en el primer puesto del primer salón, el representante insiste en darme de probar todo el abanico de destilados de su catálogo. Unos tequilas ardientes, aunque de sabor suave y redondo bajan por mi garganta casi en ayunas. Desde luego, entiendo que no va a ser posible probarlo todo. ¿Y escupir lo tragos? No, a mí no me criaron así. Bueno, a enfocarnos entonces. Según cuento en el dibujito que acompaña la libreta de bienvenida, no menos de una decena de tragos pueden sacarse del agave. Decido concentrarme en los tequilas por gusto y porque me vendría bien traer una referencia de tequila de calidad en el bar en el que trabajo, para ampliar los horizontes gustativos y licoreros de mis comensales.
Bueno… resumiendo muchos sorbos en pocas líneas, llegué a probar veintiséis tequilas, y uno que otro mezcal, comiteco, raicilla o pulque –ya que bien se sabe, las buenas intenciones nos llevan directo al infierno, así que me pareció sano desviarme solito del camino que me había trazado. Hasta probar un par de botellas de cocuy, un destilado de agave venezolano presentado por la Casa Magnos. Sin embargo, me quedé corto con respecto a las ciento cincuenta referencias representadas en el evento, y ni voy a pretender compartirles un panorama objetivo y total (además lo que pasa en Viva Agave, se queda en Viva Agave). No, me limitaré a destacar lo siguiente, con muy honesta arbitrariedad:
– el tequila blanco de la casa Cascahuín, que se llevó mi voto del mejor trago: no sólo por su inconfundible sabor –hermoso equilibrio entre las notas minerales de la piedra volcánica en la que se tritura el agave y los aromas vegetales– sino también por ser relativamente democrático. Otras botellas me parecieron igualmente maravillosas, pero un precio doble o triple les resta un poco de mérito. Me parece que Bruno y Darián que representaban la marca con otras en su portafolio tenían esta sinceridad entusiasta y humilde de los que saben que su producto habla por sí mismo.
– la gama de tequilas propiedad del actor Dwayne Johnson «The Rock», cuya réplica acartonada me dominaba con una ancha sonrisa, animándome a probar sus productos, me dejó de piedra (estuvo fácil, perdón Dwayne…). Ricos, no lo pongo en duda, pero redondos, equilibrados, carentes de asperidades y pequeños defectos que crean las personalidades. Nada más una cuestión de preferencias. No es lo mío.
– cuando fui a México por primera vez un cuarto de siglo atrás, me recomendaron llevarles a mis amigos Don Julio, 1800, Patrón o Herradura. Entre las marcas famosas que participaron del evento, tengo que admitir (y recordar con nostalgia) que tanto el blanco como el reposado o el añejo de la casa Patrón son muy buenos. A pesar de todos estos años y una competencia desmultiplicada, siguen siendo muy recomendables. Y conservan su característico color claro, debido a la ausencia de colorantes (por otra parte permitidos).
– un entrañable encuentro con Arturo, que representaba con gran simpatía Comuna 52, con un sólido Don Nacho, más que rico por un precio muy decente –probablemente la mejor relación calidad-precio de lo que pude probar–, y un interesantísimo licor de maní.
– las inspiradas y alegres Mujeres del Mezcal y Maguey de México, que traían cantidad de aguardientes artesanales que me dieron de probar varias veces (pa’ estar seguro), así como insectos tostados, chocolate mexicano y otras delicadezas para el paladar. ¡Buscan distribuidor!
– un final feliz junto con Alex, que me dejó saborear un delicioso Don Ramón en todas sus declinaciones, culminando en el Platinium Añejo Cristalino by Luis Miguel, cuya botella es una obra de arte. Hablando de sabor puro, su sutileza me parece sin igual y deja un leve sabor a coco que lo hace supremamente agradable. Sin embargo, ya estamos muy lejos de lo que me espero de un tequila, le falta el lado macho, indisociable de una mata de cuero duro que cuece bajo el sol del desierto.
– leyeron bien: Luis Miguel. Dwayne «The Rock». Sin contar con Michael Jordan, P. Diddy, George Clooney o Justin Timberlake. Quizá lo más absurdo sea lo del piloto Lewis Hamilton, con su sello de tequila sin alcohol. Me pregunto: ¿qué pasa con los famosos y las marcas de tequila?
Concluida la vuelta y cumplida la meta de mi pequeña labor, llegaba la hora de descansar tomándose un trago. Codeándonos entre cumplidores, pronto formamos un grupito de risa sonora que hace idas y venidas entre el bar y el patio del curioso hotel. Paulo, chef afable y relajado del Bonneville –moderno bistró de la rue Rebeval cuya cocina luce tentadora– iba acompañado de Lea, seria como una sommelier, sin dejar ver que bajo el hielo cuece el fuego, y de Victoire, vivaz y entusiasta representante de Mezcal Brothers. Se nos junta Lola, otra chef atormentada creo, y al final también Dylan, típico bad boy inofensivo de las calles parisinas, que se ganó el puesto a punta de buena vibra. Paulatinamente amainaba la fiesta del festival, con el cansancio y el trago acumulado de los dos días. Paulo encabeza entonces la expedición del grupito rumbo a un barcito cercano del barrio de la Goutte d’Or. En Le Môme du 18, el carismático y ochentero Rachid nos recibe con gran generosidad. Es exactamente el tipo de lugar que me inspira, que se define más por la personalidad exuberante y multicultural de un patrón que ha vivido el realismo recio de las calles que por la decoración o la forma de adornar los tragos para que salgan bien en Instagram. Cuando ya era momento de confidencias, mientras enseñaba mi cicatriz del balazo, una de las niñas contó una peculiar aventura de discoteca. Una pelea adolescente la enfrentó con una musculosa gigante gritona y agresiva. Ella raspó los centavos de sus bolsillos pues, y fue a arruinarse al bar pidiendo un vodka doble. Lo arrojó a la melena de la gigante y trató inútilmente de prenderle fuego. Ya separadas, a pesar de las amigas que intentaban mitigar el incidente «no es su culpa, ella tiene problemas sicológicos», ella seguía berreando «¡no! yo no tengo ningún problema sicológico, ¡¡yo sí quería chamuscarle la cabeza a esa hijueperra!!».
Al cierre, con don Rachid bajando la cortina de hierro, me rehusé a subirme a la van que se llevaba a la mitad sobreviviente del parche a seguir con la rumba en un apartamento del 15. Tenía un artículo para escribir.
Ahora bien, ¿cómo clausuramos esta edición? El olfato no me traicionó ya que el Cascahuín salió premiado como mejor trago del festival. Me llevo unas cinco referencias para mi bar: Cascahuín y Don Ramón (no está seguro que quepan en nuestro presupuesto); Don Nacho, Tequila Ocho y Cazadores con los cuales voy a organizar una cata con el patrón en nuestro Café Wam. Vuelvo a ir al festival en el 2027. Esta vez no en ayunas. Y pasaré con gusto a saludar a Paulo en el Bonneville y a Rachid en Le Môme.

Elias S. Demang
Escritor