MUERTA LA ESTATUA
En la noche estuvo muerta la estatua revelada en un sueño de piedra. Entre cuerpos deambulaba la estatua, clamaba por clandestinas calles entre hombres de hielo, pero su voz resbalaba sobre sus impermeables de curtido cuero. Tenían los ojos cegados, los oídos tapiados, entre todos y nadie, Ella era un rutilante fantasma cuya remembranza era aterrorizadora.
Estaba muerta, era un hecho, la estatua. Quiso vengarse de los monstruos de agua, arrebatada, empuñó el revolver, pero las balas atravesaron los perfiles de azogue. Prendió el papiro, Ellos o Ella, estatuas de carne, muertos de ruedo. Muerta, la estatua en la noche, revelada por un sueño de arena.
El OTOÑO Y LAS DIABLESAS
En tus cuernos de gacela el sol encendió la melena que agonizante cabalga el rubor que despierta a la polar estrella. Y se peinan con tu brisa Las mil y una, infinitas, hojas caídas, diablesas, que rondan las ramblas y callejuelas; ruedan, brincan, corren, danzan, el conjuro de la tierra que envuelve al príncipe de la tibia noche. Otoño, eres dulce castaña con ojos de brasas.
EL CRÁNEO DEL CADÁVER
Como las olas gélidas de polar tumba detenidas por el eco, agonizaba el lamento junto a sus crueles cachorros herido por las lágrimas calcinadas del volcán. Era una escalofriante máscara de vivo grito que, retumbaba, retumbaba, dentro del cráneo del cadáver en el sepulcral abismo del tambor.
LAS HUELLAS Y LA PUERTA
Las huellas marcaban el sendero manchado de tinta, mal sorteaban el ebrio conjuro del empedrado que azuloso y negruzco brillaba en la noche del Cairo. Redonda es la oportunidad de la trampa —decía— , abierto lucía el portón alumbrado de la Casa del Amparo, lo que no era otra cosa que una persuasiva e inevitable invitación. Como sabiendo salta la reflexión de agua del grifo en el anverso de la cuchara : las huellas preceden siempre al paso que las visitan. Alabada la intuición, no se explica, las huellas penetraron el dintel de La casa del Amparo, tras la puerta discurrieron por el angosto pasillo en cuyo medio se toparon con otra puerta que cedió al empuje. Penetran entonces las huellas en una cámara de techos variantes, escalonados, de ángulos entre ángulos, de agujeros negros velados por luz de tormenta, corredor de huellas huyendo hacia la puerta, tercera, de esta desierta entelequia de equívocos.
Las huellas abren la puerta y contemplan: oh entuerto, la réplica de la cámara gemela: Techos variantes, escalonados, ángulos entre ángulos, agujeros negros, velados por luz de tormenta, que encorsetan la cintura de la certera ratonera. ¿Cómo continuar las huellas sin paso delante de la puerta, cuarta, quinta, sexta, séptima, octava, infinita? Sin embargo, la salvan, penetran, discurren las huellas por el estrecho largo corredor que no finaliza nunca, cuando las huellas se encuentran al Rosario de Jade, La escalera de escapulario y El quicio Amargo que indican supone la puerta en esta ocasión de salida. Confiadas, abrirán las huellas; pero salen cuando entran; oh pesadilla: la cámara gemela a la primera, a la segunda, a la tercera, a la cuarta, a la quinta, a la sexta, a la infinita: Techos variantes, escalonados, ángulos entre ángulos, agujeros negros velados por luz de tormenta perfilan un pasillo atado a las huellas de un ovillo de techos que encadenan los umbrales de la puerta a un laberinto de cielos.

Pilar Mata Solano
Ilustración Xavier Vidal Benet