El delicado equilibro de la felicidad se ve cuestionado por la llegada de un hijo. Ya de por sí no es fácil. Pero el amor y la comprensión que Ángela, sorda, y Héctor, oyente, han construido con paciencia va a ponerse a prueba.

Con un tono justo, sincero y sin juzgar nunca, la realizadora Eva Libertad García acompaña los pequeños trastornos de la vida cotidiana, haciéndonos percibir de cerca las buenas preguntas. En primer lugar, la triple violencia que sufre Angela: la de ser mujer, la de dar a luz y la de ser sorda. Y, sobre todo, la triple exclusión de la que es víctima la joven: la que, de forma involuntaria, le imponen torpemente los demás; la que se impone a sí misma para evitar ser excluida; y la que teme sufrir en relación con su niño. 

Las dudas invaden a Angela, que poco a poco se tambalea. ¿Y si el bebé naciera sordo? ¿Y si naciera oyente? ¿Y si no lograra comunicar con él? ¿Y si quedara excluida de su mundo? ¿Sería mejor que naciera sordo? Frente a ella, desorientado, Héctor hace demasiado, y demasiado bien. Se refugia en el papel de “Señor Perfecto” que quiere hacerlo bien y acaba haciendo las cosas en su lugar, lo cual no ayuda. ¿Se tratará de una forma de negación?

Nadie se equivoca, todos tienen razón, cada punto de vista es válido. La precisión de la mirada se apoya en una interpretación excelente, con finura (Goya a la mejor actriz revelación). También se ve reforzada por una puesta en escena depurada, al igual que la banda sonora que se limita a dos piezas, entre ellas la excelentísima Neskaren Kanta, de Verde Prato.

Es una película conmovedora y necesaria, que ver para ponerse algunos segundos en lugar del otro. Está lejos del cine de entretenimiento, pero el público que la ha visto contestó: 2 Goya, 3 Gaudí y el premio del público de la sección “Panorama” de la Berlinale.

Elias S. Demang

Elias S. Demang

Traductora: Clémence Bastide