Foto © elmorovivo (licencia CC BY 3.0) 2017, cinematreasures.org
De nuevo, El Café Latino les trae un fragmento inédito de “Les Cahiers d’Abya Yala : Chronique d’une Amérique latine et réelle”, novela que se publicará en octubre del 2026 en la editorial Éditions d’en bas (Lausana), en francés. Está siendo traducido al español.
Las líneas a continuación están sacadas del capítulo “Olla de-presión”. Siempre se está cocinando algo en el centro de Bogotá. La temperatura se mantiene en el punto de ebullición. Por consiguiente, cualquier vuelta se puede convertir en odisea desaforada en la que, con cada pisada en los andenes desparejos, pueden estallar historias, personajes o vestigios de una ciudad que se digiere a sí misma. Agarremos estos recuerdos antes de que se nos vayan deshaciendo entre las manos.
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El zumbido incesante de la avenida ahoga en parte los gritos en el tránsito denso del final de la tarde. Cruzo en el semáforo para encontrar la boca oscura del Teatro Esmeralda Pussycat, que se abre frente al Terraza Pasteur. Me acostumbré a cambiar de andén a esta altura para echar un ojo indiscreto a esta sala de cine anticuada de la que salen viejos caballeros flacos, de corbata muy ceñida. Este cinema de otros tiempos; que se empecina en proyectar películas pornográficas como en el siglo pasado siempre despertó mi curiosidad. Debía de haber algo raro al hallarse en una gran sala decrépita, en compañía de perversos impenitentes, la mano entre los pantalones, haciendo lo que cualquiera haría en su casa, el reflejo lívido de la pantalla grande iluminando sus rostros inquietos. Siempre me había prometido franquear el umbral ―bajo el cómodo pretexto del interés literario del lugar― con la urgencia de tocar con el dedo un vestigio del pasado, antes que naufragara sin remedio en los meandros de la memoria de una modernidad amnésica. El día que por fin me decido, me sumerjo en una atmósfera acorde con lo que imaginaba. Al fondo de un ancho pasillo que deja entrever un esplendor ya extinguido, una taquilla solitaria aguarda en el extremo de una rampa cuya barandilla ha sido lustrada por los años. Se esconde detrás del cartel luminoso de una gata toda en volutas y liguero, apoyada en un bastón mientras fuma de manera sensual por una larga y delgada boquilla. Pasea la lengua por su bigote en una sonrisa que parece al tiempo pícara, y burlona si se detiene la mirada. Vuelve a aparecer la esbelta felina en las baldosas de la entrada, tendida lascivamente en el costado, las piernas ligeramente separadas, al seguir fumando con delicadeza por su extensa boquilla. Encima de ella, una lámpara de techo cuadrada ―al estilo de las que enmarcan los espejos de los camerinos de Broadway― y de bombillos apagados había de realzar la altiva felina en los días benditos de la época dorada. La programación marchita quedaría inadvertida, sus fotos gastadas por los guiños indecisos de los caminantes, si no fuera por el rótulo que anuncia sin rodeos “Sala X Teatro Esmeralda Pussycat”. A la vez discreta y a la vista de todos, parece que la sala se hubiese desvanecido del paisaje, como si luego de treinta años de vigoroso y leal servicio, su familiaridad le permitiera pasar desapercibida entre la agitación del centro.
Un amplio salón despoblado de butacas desgastadas y chirriantes alberga una decena de hombres grises superando los cincuenta. En el ambiente estancado de tabaco frío, toman café, atienden al teléfono y cambian con frecuencia de lugar. Sus idas y venidas no corresponden a la lógica cinematográfica de las escenas de antaño que se suceden en la pantalla de pésima calidad, sexos desenfocados que engullen bocas demasiado carnosas para ser verosímiles, con la exageración de las producciones baratas, cuyos gemidos son doblados a destiempo de las imágenes ajadas. Cabe señalar que es el principio del último cine rotativo de la ciudad, donde las proyecciones son continuas y las boletas válidas todo el día. Sombras que van y vienen, cada una reclusa en su propia soledad. Dos siluetas extrañamente femeninas toman asiento en la primera fila. En la claridad polvorienta del proyector, no tengo la seguridad de que sí son mujeres. No se alcanza a distinguir gran cosa, la verdad, y es insospechable que el piso y el vinilo raído de los asientos se pretendían del verde esmeralda que proclama el nombre del teatro.
Los baños ―dos puertas contiguas coronadas por esa señal de letras rojas típica de las salidas de emergencia de las aeronaves antiguas― indican “Adán” y “Eva”. De modo más explícito todavía que en el resto del cine, óleos que se quisieran hiperrealistas, cual naturaleza muerta flamenca, presentan estrellas listas para entrar en acción. Donde “Adán”, una mujer a escala real me recibe, estirada en toda la pared, con la idéntica posición lasciva de la felina que fuma. No sería capaz de decir si se trata de una actriz famosa, pero su mirada penetrante, color de miel, y su boca rosadita y abierta me parecen destinadas. Su blusita azul está subida hasta el cuello para desvelar unos pechos redondos como peras, con un pezón aureolado de un ínfimo centelleo que hubiera sido más acorde con una propaganda de crema dental. El resto de su cuerpo es desnudo, dejando apreciar la anatomía de su sexo, mientras la mano descansa con negligencia en su cadera. El vello púbico se ve sedoso y ordenado, peinado tan metódicamente como si fuera una pluma de perdiz. Dentro de los baños, avisos en lenguaje cifrado combinan número de teléfono y tamaño del sexo, porque el Esmeralda es refugio y lugar de encuentro para los homosexuales y los travestis, reticentes a exhibirse abiertamente al aire libre y caótico de una sociedad aún intolerante.
Me sorprendo pensando que el día que clausuren el cinema, me gustaría adquirir el retrato en los baños de Adán, aunque saber qué hacer con él sería otro tema. Todos sabemos que es una cuestión de tiempo. El Teatro Esmeralda es un vestigio anacrónico que no tiene cabida en la Bogotá de hoy. No sobrevivirá a la próxima década.
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Elias S. Demang
Escritor