© narvikk – Plaza de la República, Buenos Aires
«Puedo escribir los versos más tristes esta noche Yo la quise, y a veces ella también me quiso.» Poema 20, Pablo Neruda
Era una época de recesión, por ese motivo se me ocurrió poner un radio taxi. A pesar de que las calles estaban peladas, las empresas comenzaron a utilizar el servicio.
Solían llamarme con regularidad de una financiera del microcentro. La mayoría de los que trabajaban ahí, se mostraban con unas sonrisas radiantes y trajes caros; cuánto hubiera dado mi viejo por verme en un trabajo así. En fin, la cuestión es que un día, un tipo de esa financiera, sesentón y bien alimentado, subió a mi taxi y sentenció:
—Tucumán y Maipú.
Cada tanto lo miraba por el espejo retrovisor, lo veía leyendo y acomodando unos papeles en el maletín. Soltó un resoplido de fastidio y casualmente cruzamos las miradas.
—Pibe, si tenés unos mangos, haceme caso, invertí en tecnología celular. Es el futuro. No se te ocurra fabricar nada. ¡Es la Argentina que se viene!
Pensé: ¿Sabrá este tipo que los únicos pesos que tengo son para invertir en combustible y salir a trabajar al día siguiente?
En el viaje habló todo el tiempo, me pareció un fanfarrón entonces dejé de escucharlo. Cada tanto intercambiaba un sí, ah…, mezclado con un falso gesto de interés en lo que decía. Llegamos al destino y soltó:
—Pibe, la guita mueve al mundo y me da privilegios, por ejemplo, poder tirarme a mi secretaria de veinticinco—. Volvió a reír y vi por el espejo los dientes teñidos de tabaco.
Estacioné, le cobré el viaje y me dejó una tarjeta. Esperé que se bajara y leí: «Rodolfo Falchi. Asesor financiero.»
© MStudioImages – Hombre de negocios
Pasaron unos días y volvió a salir un viaje para la misma empresa. Ahí la vi por primera vez. Llevaba una hermosura hipnótica que obligaba a no sacarle la mirada de encima. Con una sonrisa, cabello rojizo y un cuerpo perfecto, subió al taxi. Cosa extraña en las lindas, también era simpática. Hablamos de cosas superficiales, ya ni me acuerdo, seguro del tránsito o de la reelección. Lo más curioso era que me daba bola. Antes de bajar extendió la mano para presentarse.
—Solange, un gusto. Soy la secretaria del Dr. Falchi.
Fue en ese instante me desmoroné. Pensé: «Entonces, la guita mueve al mundo.»
El tiempo fue pasando y, entre viaje y viaje, llegamos a conocernos más. Ella llevaba un ritmo vertiginoso de ciudad, era muy rápida en todos los sentidos. Al poco tiempo terminamos en un cuarto de hotel. Me habló de la soledad que sentía en Buenos Aires, del pueblo donde había nacido y de su infancia. Yo le contaba de cuando mi vieja se fue con otro tipo; era chico y tenía que levantar a papá que estaba destruido. También le hablé de mi soledad y de cómo me partió que la vieja se fuera de casa.
La seguí viendo, solíamos reírnos mucho, no puedo olvidar esa sonrisa y su perfume dulzón. Me hablaba de sus proyectos, quería ser alguien y recibirse de abogada. Yo, en cambio, quería tener una familia unida, con eso me bastaba.
Pasaron unos cuantos meses, hasta que un día vi a Solange cruzar la puerta vidriada de la financiera, esta vez su belleza no era la misma. Subió al taxi en el asiento de atrás, como siempre, con su traje azul, los tacos y el maletín, pero la mirada era otra. Nunca habíamos hablado del trabajo, siempre imaginé que hacía tareas importantes. La noté rara y le pregunté qué le pasaba. Dijo que la iban a trasladar a la casa matriz en Estados Unidos.
Un silencio denso llenó el interior del auto y mi dolor me acompañó durante el resto del viaje. No podía entender. Mientras tanto ella hablaba sobre varios cambios repentinos, despidos y decisiones cruciales en la empresa lo que hizo que todo fuera apresurado. Como un témpano, me pidió que el viernes a la noche la pasara a buscar por la financiera y la dejara en el aeropuerto de San Fernando. Ese fue el último viaje.
¿Pero yo qué podía ofrecerle? Esta era la oportunidad que había estado esperando, ¿quién era yo para impedírselo?
Aquel viernes la esperé en la puerta de la financiera en el horario que habíamos convenido. A través del vidrio vi que llevaba varios maletines, no me detuve a contarlos. Sólo me importaba ella.
Se sentó atrás. Yo tenía tal opresión en el pecho que creí que me moría. Una mezcla de tensión con melancolía no me dejaba pronunciar palabra. Me abrazó desde su asiento, me besó en la mejilla y al oído me dijo que iba a extrañarme.
Llegamos, lloramos los dos. Cuando ya había estacionado, me di vuelta y la agarré de la nalga. Le pregunté por qué se iba, si era necesario. Ella dijo no sólo con un gesto. Sacó los maletines del auto y forcejeamos. La tomé de la mano y me empujó, no recuerdo bien. Después le cerré la puerta y casi le apreté las manos. Zafó y se fue.
Desde el interior del auto, me quedé mirando cómo se iba. A unos treinta metros, el viejo de mierda la estaba esperando. A pesar de la distancia llegamos a mirarnos, él me hizo un gesto con el índice en medio de la bocota. Y se fueron juntos.
© Igor Alecsander – Taxi en Buenos Aires
A veces pienso que la vida del taxista es una vida sin determinación. Por propia voluntad no se dirige hacia ningún lado, se queda a la espera y depende de que los pasajeros le indiquen un recorrido. Esto mismo es lo que hice en todos estos años y en varios aspectos. Nunca le pedí a Solange que se quedara, nunca besé sus labios carnosos para decirle que la amaba. Nunca tuve el coraje. Nunca.
Después de ese viernes, estuve dos días enfermo. El lunes me obligué a levantarme. Cerca de las nueve, en todas las radios daban la misma noticia y en los televisores de las casas de electrodomésticos se multiplicaban las imágenes sobre el robo a la financiera. Quedé paralizado. Si tuviera que ponerle una fecha, ese fue el día en que se marchó la inocencia de mi vida.
Cuando llegué a mi casa aquel viernes, encontré en el asiento de atrás, pero abajo, un maletín repleto de dólares. La cuestión es que seguí trabajando para no levantar la perdiz. Después de unos meses, invertí la plata en tecnología celular lo que me ayudó a quintuplicarla y a estar más tranquilo. No sé qué hubiera dicho mi viejo si me hubiera visto quedarme con tanto dinero que no era mío. Creo que dadas las circunstancias me hubiera perdonado.
Hoy todavía paso por la cuadra donde alguna vez hubo una financiera y sigo sintiendo una punzada tremenda en el centro del pecho. Al principio el local estuvo clausurado, después fue una compañía de seguros; pasado un tiempo, en el mismo lugar hubo un «Todo por dos pesos»; en otra época, fue una casa de sushi. Lo último que se inauguró fue una pizzería. Se come rico y a veces entro. Miro la misma puerta vidriada que todavía se conserva y no puedo dejar de recordar su cabello rojizo, la cintura tibia bajo el trajecito azul.
