—Aquí todo es verde.
La frase me llega desde el asiento vecino cuando el avión inicia su descenso sobre Bogotá. Venimos de París y, aunque hace veintiséis años que quité Colombia, aquella observación me sorprende.
—Sí, aquí todo es verde — respondo
Pocos minutos después aterrizamos en el aeropuerto El Dorado y, casi sin tiempo para respirar, tomamos otro avión rumbo a Pereira.
—Por aquí es aún más verde — insistieron mis compañeros mientras observan por las ventanillas.
Y tienen razón.
Mis compañeros de viaje son profesionales del turismo internacional. Personas acostumbradas a recorrer el mundo y difíciles de impresionar. Sin embargo, es precisamente Colombia la que los está maravillando.
Quizás, porque este verde no es un verde cualquiera. No es el verde ordenado y contenido de los paisajes europeos. Es un verde exuberante, húmedo, luminoso. Un verde que parece brotar de todas partes y que hace relucir las hojas como si acabaran de nacer.
Treinta minutos más tarde aterrizamos en el aeropuerto Matecaña de Pereira. Apenas descendemos del avión, una bocanada de aire tibio nos envuelve, y junto con ella aparece algo que nos acompañará durante todo el viaje: la calidez de la gente.
Sonrisas, saludos espontáneos, conversaciones fáciles. Un calor humano tan reconfortante como el clima.
Nos alojamos en un hotel campestre en las afueras de la ciudad. Apenas tenemos tiempo para instalarnos y tomar una ducha. Nos están esperando para una degustación de frutas colombianas.
Lo que encontramos parece un sueño tropical.
Una mesa inmensa exhibe cerca de cuarenta frutas diferentes: chirimoya, anón, guanábana, guama y muchas otras que jamás había visto, algunas llegadas desde regiones selváticas del país.
Las probamos al natural, en jugos y en dulces.
Cada fruta viene acompañada de una explicación sobre su origen y sus propiedades. Todo esto rodeado por jardines exuberantes acompañados por el canto permanente de los pájaros, como si estuvieran contratados para amenizar la velada.
Probamos tantas frutas que muchos de nosotros fuimos incapaces de acercarnos a la cena aquella noche.
Los días siguientes adquieren rápidamente un ritmo preciso.
Me despierto a las cinco de la mañana para adelantar algo de trabajo por internet. A las siete desayunamos. A las ocho comenzamos las excursiones que se prolongan hasta bien entrada la noche.
Es un viaje intenso, pero perfectamente organizado.
La camaradería reina en el grupo. Todos están dispuestos a colaborar mutuamente.
Nuestro guía es Franco, un francés que lleva dieciocho años viviendo en Colombia.
—Conoce mejor a Colombia que yo mismo —pienso mientras lo escucho hablar con pasión de cada lugar.
La primera salida es para dirigirnos a la Cascada de los Frailes.
Antes de partir nos sirven un desayuno abundante con arepas, mantequilla y queso fresco.
A varios compañeros les enseñé la manera tradicional de comerlas.
—Primero se unta la mantequilla. Luego se hacen pequeños agujeros con la punta del cuchillo para que penetre bien. Después se colocan las lonjas de queso fresco encima.
Venimos del país de los grandes quesos, Francia, pero aquel queso colombiano, suave y delicado, conquistó a todos. Desde ese día, la arepa con mantequilla y queso se convirtió en un ritual del desayuno.
Nuestra buseta avanza siguiendo el curso del río Otún.
El nombre proviene de los antiguos pueblos quimbayas, habitantes ancestrales de estas montañas y maestros del trabajo del oro.
El río nace en el Parque Nacional Natural Los Nevados, alimentado por los glaciares del Nevado del Ruiz, Santa Isabel y Tolima, todos a más de cinco mil metros de altura.
A medida que ascendemos, la carretera se hace cada vez más estrecha.
Finalmente llegamos a la Reserva Natural Yarumo Blanco.
Aquí comenzamos una caminata de tres horas guiados por expertos de montaña.
Descubrimos inmensos bosques de guadua, el bambú gigante que sirve para construir casas, puentes y sistemas de conducción de agua.
De pronto, uno de los guías levanta la mano.
—Allí.
En lo alto de un árbol vemos un mono aullador de pelaje rojizo.
Parece solo.
Pero alguien logra captarlo con una cámara de gran alcance.
Al ampliar la imagen descubrimos que sostiene una pequeña cría entre sus brazos.
Como si supiera que es observado, comienza a balancearse suavemente.
La escena nos deja en silencio.
Al final del recorrido llegamos a la cascada.
Setenta metros de agua cayendo sobre una pared de roca.
Algunos valientes se aventuran bajo el chorro helado.
Los demás preferimos contemplarla.
Al regresar nos espera un almuerzo tradicional.
Un tamal envuelto en hojas de bijao acompañado de agua de panela.
Simplemente delicioso.
Más tarde visitamos una finca dedicada al cultivo ecológico del cacao.
Como amante del chocolate, aquello fue una tentación irresistible.
Aprendimos todo el proceso de transformación del fruto y cada uno elabora su propia barra personalizada.
Todavía hoy me arrepiento de no haber comprado más chocolate en la Hacienda Maracay.
Tras dos noches en Pereira partimos hacia Manizales.
En el camino visitamos una hacienda cafetera.
Había conocido fincas similares durante mi infancia, donde algunos familiares cultivaban café, por lo que la experiencia me despierta numerosos recuerdos.
Observo con interés renovado cada etapa del proceso, desde la recolección hasta la tostión.
Y disfruto viendo el entusiasmo de mis compañeros ante uno de los productos más universales de Colombia.
Manizales aparece suspendida sobre las montañas.
Elegante, señorial y orgullosa.
A más de 2.100 metros de altitud domina el paisaje andino.
Recorremos la ciudad en un teleférico que sobrevuela sus calles y, al caer la tarde, nos dirigimos hacia las laderas del Nevado del Ruiz.
Allí nos alojamos en unos termales alimentados directamente por las aguas calientes que descienden de la montaña.
Las piscinas de diferentes temperaturas nos permiten elegir el grado exacto de relajación.
Fue una noche perfecta.
Entre Manizales y Medellín hacemos un desvío imprescindible: Jericó.
Si no hubiéramos ido, algo habría faltado en mi imaginación.
Desde La Pintada ascendemos por una carretera sinuosa hasta llegar a este pueblo mágico.
Las casas parecen competir entre sí por exhibir los colores más vivos.
Azules intensos, verdes brillantes, amarillos radiantes.
Sin embargo, lejos de resultar excesivo, el conjunto conserva una armonía sorprendente.
Las calles empedradas, las fachadas coloniales y los balcones de madera crean una atmósfera única.
Aquella noche cenamos en una antigua casona convertida en restaurante.
Retratos antiguos nos observaban desde las paredes.
Los muebles de madera maciza parecen salidos de otra época.
Y los chicharrones que nos sirvieron hicieron olvidar cualquier consideración dietética.
—La dieta ya la veremos mañana —decían entre risas las compañeras de viaje.
Todo acompañado por una sangría blanca que, para sorpresa mía, es mejor que la tradicional.
Al día siguiente visitamos talleres artesanales y aprendemos sobre la fabricación de los famosos carrieles antioqueños.
También posamos para las fotografías en una auténtica chiva; esos coloridos autobuses rurales capaces de transportar pasajeros, mercancías y, quién sabe, hasta alguna cabra.
Finalmente llegamos a Medellín.
La segunda ciudad de Colombia vibra de energía.
Aquí todo parece avanzar.
La modernidad convive con la creatividad y el entusiasmo de una población joven y dinámica.
Pero lo que más impresiona son las comunas que cubren las laderas de las montañas.
Hace apenas tres décadas eran escenarios de violencia entre guerrillas, paramilitares y fuerzas del orden.
Hoy son ejemplo de transformación urbana y social.
Medellín demuestra que el cambio es posible.
Que una ciudad puede reinventarse.
Que la esperanza puede imponerse al miedo.
Durante nuestra estancia en Medellín, asistimos al encuentro organizado en la Cámara de Comercio de Medellín por Pro Colombia, el Gobierno francés y la organización Compás, dedicada a promover Antioquia y Colombia en el mundo.
Fue una excelente ocasión para comprender el enorme trabajo que se realiza para mostrar una nueva imagen del país.
Al terminar el viaje comprendo por qué tantas personas repiten una frase que parece un simple refrán turístico.
Porque después de recorrer montañas, pueblos, cafetales, ciudades y volcanes; después de reencontrarme con la generosidad de su gente y con la belleza de sus paisajes, descubrí que encierra una gran verdad :
El único peligro en Colombia es querer quedarse.
Entrevista con el embajador de Francia en Colombia

Román Gómez
Periodista