A dos días de la segunda vuelta presidencial colombiana, hay un actor que pesa más que todos los candidatos juntos: la abstención. Desde 1991, nunca ha bajado del 42 % en las elecciones presidenciales e incluso estuvo a punto de hacer fracasar un referéndum de paz tras más de medio siglo de guerra civil. A dos días de que la ultraderecha pueda llegar al poder por las urnas, vale la pena volver sobre la historia de un país que nunca ha logrado movilizar plenamente a su población.
El pasado 31 de mayo, Abelardo de la Espriella superó a Iván Cepeda por menos de tres puntos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales colombianas, con alrededor de 23 millones de votantes sobre un padrón de 39 millones de inscritos. El próximo 21 de junio, ambos candidatos se enfrentarán para suceder a Gustavo Petro, quien además ha cuestionado los resultados de esta primera vuelta. Pero el verdadero protagonista silencioso de estos comicios sigue siendo quien nunca acudió a votar: la abstención. Desde la instauración de la segunda vuelta mediante la Constitución de 1991, la abstención promedio en las elecciones presidenciales colombianas alcanza el 52,5 %. El récord más bajo de la historia reciente —42 % de abstención en 2022— sigue siendo, como ocurre en gran parte de América Latina, una cifra difícilmente envidiable.
Un país sin un «pueblo unificado»
Para comprender por qué Colombia convive con niveles tan elevados de abstención es necesario remontarse mucho más atrás que las cifras recientes. El politólogo Daniel Pécaut mostró que el país nunca logró pensarse verdaderamente como un «pueblo unificado», como sí ocurrió en otras naciones latinoamericanas. Desde mediados del siglo XIX, la sociedad colombiana permanece dividida entre dos subculturas políticas, la liberal y la conservadora, transmitidas de generación en generación a través de las familias y profundamente arraigadas en los territorios, hasta el punto de dibujar un mapa electoral casi inmutable. Entre 1958 y 1972, 882 de los 973 municipios colombianos conservaron la misma orientación partidaria durante catorce años. La política colombiana nunca se jugó realmente a escala nacional: se jugó a escala local, en los pueblos, transmitida como una herencia familiar.
Esta fractura ayuda a explicar por qué la abstención se volvió masiva mucho antes del siglo XXI. Durante el período del Frente Nacional, el pacto que repartió equitativamente el poder entre liberales y conservadores entre 1958 y 1974 para poner fin a la violencia partidista, la abstención se disparó precisamente porque muchos ciudadanos rechazaban votar por candidatos previamente acordados por una pequeña élite política. El índice pasó del 49 % en 1958 al 65 % en 1966.
2016: cuando la abstención estuvo a punto de hacer fracasar la paz
El episodio más emblemático de este fenómeno ocurrió durante el referéndum de octubre de 2016. Tras más de medio siglo de guerra civil, 225.000 muertos y 27.000 desaparecidos, el gobierno de Juan Manuel Santos sometió a votación el acuerdo de paz firmado con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Los colombianos lo rechazaron por un estrechísimo margen: 50,21 % de los votos. Sin embargo, lo que realmente determinó el resultado fue la abstención: más del 60 % de los ciudadanos habilitados para votar no acudieron a las urnas. El gobierno y la guerrilla tuvieron que renegociar de urgencia algunas cláusulas cuestionadas, principalmente por los seguidores de Álvaro Uribe, antes de firmar una nueva versión del acuerdo apenas un mes después. La paz sobrevivió, pero estuvo a punto de fracasar no por un rechazo mayoritario, sino por la abstención.
Una abstención que no siempre es voluntaria
Sin embargo, el abstencionismo colombiano no siempre responde a una decisión política o al desinterés ciudadano. En las zonas donde operan grupos armados irregulares, paramilitares o guerrillas, la presión y la intimidación ejercidas sobre la población civil influyen directamente en la abstención o incluso condicionan el voto hacia determinados candidatos. Colombia es, después de Siria, el país con mayor número de desplazados internos del mundo: 5,6 millones de personas, de las cuales el 89 % abandonó las zonas rurales para trasladarse a áreas urbanas debido a la violencia. Esta urbanización forzada también desconecta mecánicamente a millones de colombianos de sus lugares de votación originales.
El contraste es evidente. En los 58 municipios más afectados por el conflicto armado se implementó el Plan de Consolidación Nacional para combatir a los grupos paramilitares. Como resultado, en regiones bajo un control estatal más sólido, la abstención cayó más de 25 puntos entre 2003 y 2011, pasando del 87 % a alrededor del 60 % en municipios como Uribe o La Macarena.
Pero Pécaut también demuestra que, en ciertas zonas rurales colombianas, las personas no se abstienen a causa de la violencia; más bien, la propia violencia termina sustituyendo las formas normales de expresión política. Eso fue precisamente lo que ocurrió con el surgimiento del M-19 en 1974, cuando antiguos seguidores decepcionados de Rojas Pinilla optaron por la lucha armada en lugar de la abstención para expresar el mismo rechazo al sistema político.
El peso de la diáspora
En esta primera vuelta de 2026 surgió además un elemento nuevo: el voto de la diáspora colombiana, repartida en más de 67 países. Venezuela, donde viven cientos de miles de colombianos en una situación económica precaria, registró apenas un 12 % de participación, la cifra más baja entre los 55 distritos consulares habilitados para votar. En cambio, ciudades como Madrid y Washington experimentaron una movilización electoral sin precedentes. La geografía de la abstención dentro de la diáspora reproduce casi exactamente las desigualdades económicas mundiales.
A dos días de la segunda vuelta, la izquierda colombiana apuesta precisamente por este enorme reservorio de votos dormidos para intentar revertir una diferencia inferior a tres puntos.

Achille Franchet
Periodista
Traducido del francés por Achille Franchet