En exclusividad, El Café Latino les trae un fragmento de “Les Cahiers d’Abya Yala : Chronique d’une Amérique latine et réelle”, novela que se publicará en octubre del 2026 en la editorial Éditions d’en bas (Lausana), en francés. Está siendo traducido al español.

Las líneas a continuación están sacadas del capítulo Cali, Buenaventura y el Pacífico. En la calurosa noche caleña, el narrador descansa al exterior de una diminuta y sin embargo muy popular discoteca, que constituye de por sí un homenaje a los grandes de la salsa. Oculta detrás de la Avenida Sexta, abre de par en par sus puertas sobre una porción del andén en la que desemboca la rampa de un intercambiador vial, dibujando una curva de asfalto desolado.

El hombre de las mil flexiones

(…)

Preciso en éstas se presenta el hombre. Flaco, de cara curtida por el sol, el pelo negro como el carbón. Es obvio que vive en la calle, pero su andar es altivo. Y sobrio. Deposita en el suelo un sombrerito, a distancia prudente de la gente. Luego desabrocha su camisa desteñida que coloca de lado. Es verdaderamente muy flaco, tan seco como un palo, cada una de sus venas dibujándose bajo la piel. Del bolsillo trasero, saca un delgado letrero acartonado y lo deja junto al sombrero. Se cerciora de que el cartón esté correctamente orientado hacia nosotros y por fin pone las manos al piso. Un trazo vacilante en el letrero indica: «Hago 1 000 flexiones».

¿Mil flexiones de pecho? Permanezco incrédulo. ¿Cuánto tiempo se necesitará para hacer mil flexiones? Desde luego, no me mato a punta de flexiones, pero me considero un tanto atlético y en un buen día puedo alcanzar las ciento veinte. ¿Este tipo, que duerme en el adoquín, escuálido como si fuera un clavo, haría mil? Porque el hombre es fibroso y se le marcan las venas, pero no tiene nada de un gladiador.

Sin soltar una palabra, ni buscar la atención del público, el hombre arranca con su apuesta imposible. Decido contar. Primero anuncia las decenas y la centena. De repente me siento bobo, penoso. Creía que ciento veinte ya era mucho. Lo que acontece en el asfalto es más allá de la comprensión: ¿cómo será posible lograr tantas flexiones sin verse ni en lo más mínimo musculoso? Puede que con hacer tantas termine quemando toda la masa muscular que produce. Más aun cuando, viviendo en la calle, le faltan indiscutiblemente las tres pechuguitas de pollo diarias de todo buen levantador de pesas.

Quedo fascinado con la actuación. Y no quisiera por nada perder la cuenta. Alrededor, todos permanecen ajenos a la hazaña sobrehumana que se cumple. Quizá se hayan acostumbrado a verlo. O no sospechan el esfuerzo que representa una décima parte de este desafío. El hombre va sudando unas gruesas gotas que corren por su cara y se aplastan en el cemento. Me esperaba unas pausas, varias series, pero prosigue de un tirón, inquebrantable.

Alexandra intenta traerme de vuelta a la pista de baile, pero aprovecho que se haya encontrado con conocidos para seguir contando, como si esto pudiera ayudarlo en su esfuerzo. Ahora el hombre chorrea literalmente. Un finito hilo líquido se escurre ininterrumpido, como si tuviera la cabeza bajo la llave del agua. Superó las quinientas y veo que sufre.

Soy incapaz de decir si el hombre llora. Si es el caso, sus lágrimas se confunden con el sudor. Se le tuerce la cara. Willie Colón y Héctor Lavoe cantan: «Pronto llegará, el día de mi suerte, sé que antes de mi muerte, seguro que mi suerte cambiará». ¿Acaso la suerte cambia para todo el mundo?

Ochocientas flexiones. El hombre rebasó las ochocientas flexiones e insiste a duras penas. Una veintena más y se detiene. Vencido por el cansancio, se limpia el rostro con la camisa. Por último, se para:

— Les pido disculpas si no llegué a mil, pero hoy me siento muy cansado.

Me cuesta creer que haya llegado a ochocientas. Me cuesta incluso más creer que nadie lo haya advertido. Me lanzo a aplaudir —cada vez más fuerte— hasta que me sigan algunos y que la muchedumbre se alce en una ovación. El hombre pasa el sombrero, escuetamente, sin insistir. A continuación, se pone la delgada camisa y se va. Sin duda alguna, más allá de la proeza, es la humildad y la discreción del hombre que me dejan aturdido. No podría decir cuánto tiempo transcurrió. Estaba tan absorto contando que se me olvidó el correr del tiempo. Ni siquiera me atrevería a adivinar, de lo largo que me pareció.

Me pregunto cuántas veces al día el hombre ejecuta su número. Y cuánto tiempo para recuperar. No he visto gran cosa en el sombrero. Parece que lo hiciera más para él mismo que para la plata. Porque seguramente existen vías más rápidas para hacer plata. Incluso en las calles. Las calles de una ciudad que se apoda la sucursal del cielo.

(…)

Pueden pedir desde ya su ejemplar del libro, antes de su estreno en librerías con este enlace https://www.onparticipe.fr/c/AbyaYala así como seguir a Elías S. Demang en Instagram @esdemang

Ilustraciones : Farid Rueda « Quetzalcoatl en Bogotá ». Fragmento del Encantador de Serpientes. Foto de Daniel Garzón Herazo.

Elias S. Demang

Elias S. Demang

escritor