FOTO : Ana Paradiso (CONICET)
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Darío, cuéntanos brevemente la historia de Prohistoria Ediciones
En los orígenes de este proyecto está la revista Prohistoria, que nació en 1996 como una iniciativa de estudiantes y docentes de Historia de la Universidad Nacional de Rosario para tender puentes entre la producción historiográfica europea y la latinoamericana. El proyecto Prohistoria Ediciones (es decir, la iniciativa de editar libros) lo iniciamos dos de los integrantes de la revista (Tatato Baravalle y yo) encarando la publicación de tres libros universitarios. A partir de allí fueron dos proyectos paralelos. La revista, desde hace algunos años, fue cedida a CONICET y se maneja con estándares internacionales de publicaciones científicas y ciencia abierta a través del sistema OJS. La editorial se expuso a las frenéticas variaciones de la política y la economía locales, tuvo sus altos y sus bajos, pero no ha dejado de publicar. Hoy está superando los 600 títulos editados y tiene una serie de colecciones con sólido reconocimiento a nivel nacional e internacional.
Esta historia no podía quedarse en lo local, la historia se va imbricando con la historia de otros espacios.
Una de las cuestiones que suele sorprender a quienes se acercan al proyecto es que el mismo tiene sede física en la ciudad de Rosario y no en Buenos Aires. Nuestro catálogo, sin embargo, no está edificado sobre la base de autores locales, al contrario, estos representan una minoría (no llegan al 10%) y, desde el comienzo, el fuerte fue la selección de obras individuales o colectivas que constituyeran un verdadero aporte a las diferentes líneas que cultiva la editorial (la historia argentina, por supuesto, pero también la historia moderna, la historia americana, la regional, la historiografía y la teoría). Algunas producciones tuvieron un altísimo impacto en el medio local (obteniendo menciones y premios oficiales), pero también se han publicado con mucho éxito obras de Carlo Ginzburg, Geneviève Verdo, Frédérique Langue o Clément Thibaud –entre una cincuentena de autores europeos–. El perfil editorial nunca apostó por la escala local o provincial como distintiva. Siempre apuntó a un horizonte más amplio.
La vulgarización de los libros científicos son una exigencia de un amplio público que por diversos motivos no tuvo acceso a esa formación. Los premios Nobel publican para el lector no científico.
Efectivamente, en los últimos años hemos intentado además llegar a un público más amplio, esto quiere decir, perforar la imagen de una editorial que publica solamente libros que interesan al nicho académico. Hay algunas colecciones (como Malvinas y Atlántico Sur) que interesaron a otros científicos sociales pero también a un público lego –por la temática, obviamente–, y otras, como Ensayo, que están dirigidas al gran público, esto es, que sus libros ya fueron concebidos como una forma de transmitir en un lenguaje llano problemas actuales con una historia compleja, tales como el libro de Marcela Tejerina sobre la historicidad de la casta política, una historia de la Patagonia escrita sencilla y magistralmente por Susana Bandieri o el más reciente de nuestros títulos, una reflexión crítica sobre el Progresismo en América Latina de Carlos Antonio Aguirre Rojas (La impostura progresista…). En cualquier caso, la rigurosidad en la selección de contenidos siempre es fundamental, porque la identidad del proyecto sigue siendo centralmente la excelencia académica; el resto son ejercicios (legítimos) para alcanzar nuevos mercados o conectar a nuestros autores con públicos que hasta ahora no les habían advertido.
Felizmente en los últimos años –como quizás ya había ocurrido en otras latitudes durante los años 1970 del siglo pasado– nuestros autores y autoras académicas consiguen transmitir el resultado de investigaciones muy complejas en libros que son verdaderamente accesibles para todo el mundo. La desigualdad en la Argentina, de Daniel Santilli, es un libro que ilustra esta intersección entre la más exigente de las producciones académicas y el derecho que una población amplia tiene de conocer sus resultados.
A pesar de las dificultades tenemos varios proyectos interesantes, entre los cuales me gustaría destacar la colección Continente, dirigida por François Godicheau (de la Université de Toulouse-II), dedicada justamente a consolidar el puente entre la producción académica francesa y la historia americana y la colección Historia Digital, dedicada justamente al digital turn en Humanidades, dirigida por Nicolás Quiroga.
