En los últimos años, las redes sociales han dejado de ser meras plataformas de entretenimiento para convertirse en laboratorios de ingeniería social y campos de batalla ideológica. Entre las corrientes más llamativas y, simultáneamente, más preocupantes que han ganado tracción en el ecosistema digital se encuentra el movimiento tradwife (esposa tradicional). Lo que inicialmente parecía una tendencia estética nostálgica — caracterizada por videos de alta producción donde mujeres jóvenes cocinan desde cero vistiendo vestidos de corte vintage y promoviendo una visión romantizada del hogar de los años cincuenta — ha mutado en una propuesta política y filosófica de tintes alarmantes.

En el epicentro de esta discusión se halla la figura de Erika Kirk, quien tras asumir el liderazgo de la organización conservadora Turning Point USA tras la muerte de su esposo Charlie Kirk, se ha consolidado como una de las voces más influyentes en la promoción de roles de género estrictamente tradicionales y la subordinación femenina como un mandato espiritual y social.

La preocupación escaló de las pantallas a la realidad tangible durante una reciente cumbre de liderazgo de mujeres en San Antonio, Texas. En este evento, Kirk logró convocar a cerca de dos mil mujeres que no solo aplaudieron la retórica del retorno a la domesticidad absoluta, sino que manifestaron posturas extremas que sacudieron los cimientos del movimiento feminista contemporáneo: la disposición explícita a renunciar a su derecho al voto y a la participación política independiente en favor de una representación única a cargo de sus maridos.

Lo acontecido en el encuentro liderado por Erika Kirk en suelo tejano representa un punto de inflexión que va mucho más allá de una simple preferencia por el trabajo del hogar. Durante las jornadas de la convención, diversas asistentes asociadas al ala más radical del nacionalismo cristiano e influenciadas por el discurso de Kirk defendieron públicamente la idea del «voto por hogar». Bajo esta premisa, la unidad familiar debe poseer un único sufragio emitido exclusivamente por el varón, asumiendo de manera sumisa que el esposo «representará fielmente» los intereses de su compañera.

Para el movimiento feminista y los defensores de los derechos civiles, esto constituye una afrenta directa a décadas de progreso.

Erika Kirk y la problemática de las tradwives

Para dimensionar la gravedad de lo que promueve el ecosistema de Erika Kirk, es imperativo volver la mirada hacia el pasado y recordar el inmenso costo humano, social y político que supuso la conquista del derecho al voto femenino. El sufragio no fue un regalo de las instituciones ni una concesión benévola de los parlamentos de la modernidad; fue el resultado de una guerra de desgaste intelectual y físico.

Durante el siglo XIX y principios del XX, las sufragistas en Inglaterra, Estados Unidos y América Latina desafiaron las leyes de la época, sufrieron encarcelamientos, huelgas de hambre forzadas, agresiones físicas y el repudio generalizado de una sociedad que las tildaba de «histéricas» o «destructoras de la familia». Figuras emblemáticas entendieron que sin el voto, la mujer carecía de existencia legal y quedaba desprotegida ante abusos económicos y civiles. El derecho a votar y a ser votadas transformó la arquitectura del mundo, permitiendo el acceso a la educación superior, a la propiedad privada, a la patria potestad de los hijos y a la protección contra la violencia doméstica.

Una de las falacias más recurrentes dentro del discurso tradwife es la afirmación de que la realización profesional y la independencia intelectual de la mujer son incompatibles con el amor conyugal o la estabilidad de un matrimonio feliz. El argumento de Kirk y sus seguidoras reduce la relación de pareja a una transacción de dominación y sumisión, donde la única manera de evitar la fricción es la anulación de la identidad de una de las partes. Sin embargo, la historia desmiente de forma contundente esta visión reduccionista.

Por ejemplo, la filósofa francesa Simone de Beauvoir. Considerada una de las pensadoras más lúcidas del siglo XX y autora de la obra cumbre El segundo sexo, Beauvoir mantuvo una de las relaciones afectivas e intelectuales más célebres y duraderas de la historia junto al filósofo existencialista Jean-Paul Sartre. A pesar de compartir su vida, sus debates y sus pasiones con Sartre, Beauvoir jamás se convirtió en su sombra. Fue intensamente independiente, creadora de su propio estilo literario, de su propio sistema filosófico y de su propio mundo. Su nombre se recuerda en la historia universal por mérito propio, enteramente ajeno al peso de su pareja.

De manera similar encontramos a la física y química polaca Marie Curie. Su unión con Pierre Curie no solo fue un matrimonio profundamente feliz, sino también una de las colaboraciones científicas más fructíferas de la humanidad. Marie Curie trabajó codo a codo con su esposo, pero mantuvo intacta su genialidad individual. Ni Beauvoir ni Curie necesitaron convertirse en «esposas molde» ni en autómatas de la domesticidad para experimentar el compañerismo y el afecto conyugal.

Erika Kirk y la problemática de las tradwives

Para desarmar filosóficamente la trampa del movimiento tradwife, resulta sumamente útil recurrir a la ontología del filósofo alemán Martin Heidegger. En su análisis sobre la existencia humana, Heidegger postulaba que el ser humano no es un objeto estático con una esencia predeterminada de una vez por todas. Por el contrario, el ser humano es un Dasein (ser-ahí) caracterizado fundamentalmente por la «cura» o el «cuidado» (Sorge), lo que significa que el humano siempre anda tendiendo a algo, arrojado hacia el futuro, buscando fines, diseñando proyectos y construyendo activamente su propia existencia.

Siendo la mujer un ser humano en la totalidad de su dimensión racional y espiritual, su existencia responde exactamente a esta misma dinámica de trascendencia. La verdadera felicidad y la realización del ser pensante no se encuentran en la adecuación pasiva a un rol impuesto desde el exterior, sino en el acto libre de la creación y la ejecución de sus propios proyectos de vida.

El movimiento que promueve Erika Kirk propone un camino diametralmente opuesto: la enajenación del rol. Exige que la mujer renuncie a su capacidad de proyectarse hacia el futuro de manera autónoma para cubrir el papel de un «ser inventado» por las expectativas ajenas, por cánones teológicos rígidos o por las necesidades estructurales de otros. Al abrazar la doctrina de la sumisión total, la mujer detiene su marcha existencial, renuncia a su libertad creadora y acepta convertirse en un objeto estático dentro de un hogar escenográfico. Se despoja de la angustia y la belleza de inventarse a sí misma para habitar una identidad prefabricada por terceros.

El discurso de las tradwives opera mediante la estandarización de la feminidad. Busca la creación de «mujeres molde»: figuras idénticas que visten igual, hablan con el mismo tono pausado y artificial en redes sociales, decoran sus cocinas de la misma manera y comparten idénticas certezas absolutas sobre la sumisión. Este anhelo de homogeneización es una agresión directa contra lo más sublime de la condición humana: la libertad y la diferenciación.

Al analizar la trayectoria y la narrativa de figuras como Erika Kirk, se hace evidente una preocupante desconexión con las corrientes del pensamiento crítico universal. Tristemente, este tipo de posturas radicales suelen prosperar en entornos donde se carece de recursos intelectuales que abran las mentes hacia la complejidad del mundo. Kirk, una figura que no completó una formación académica rigurosa en ciencias humanas o pensamiento crítico y que claramente no ha tenido a la mano la educación profunda de investigadores, historiadores o los grandes filósofos europeos, termina construyendo un discurso cimentado en el vacío teórico.

Teniendo un escaso bagaje intelectual y un conocimiento superficial de la historia de las ideas, resulta sumamente fácil caer en la monotonía de los dogmas y dejarse seducir por los cánones arcaicos que prometen seguridad a cambio de libertad. No es una dinámica nueva. Si recordamos la historia de la humanidad, la mayor arma para sojuzgar y mantener la dominación durante la Edad Media fue, precisamente, la ignorancia planificada.

Los seres humanos, sin distinción de género, nacimos dotados de una mente maravillosa diseñada para la libertad: para inventarnos y reinventarnos cuantas veces sea necesario y para cuestionar los dogmas recibidos.

Fuentes de las fotos : 1) Wikipédia 2) Gage Skidmore 3) Henri Manuel

Iris Hernández Robles

Iris Hernández Robles

Abogada y periodista