La transición del día a la noche es muy rápida en las regiones ecuatoriales. Cuando se pone el sol, el mundo de la selva se transforma rápidamente: empiezan los sonidos de la noche, muy diferentes a los del día, a medida que las criaturas nocturnas se adueñan del terreno. En las noches despejadas domina en el firmamento la Cruz del Sur, con frecuencia entre reflejos lejanos de los relámpagos que constantemente iluminan la selva.
Para las mujeres de Puerto Saija, el ritual vespertino comienza hacia las 5 de la tarde, cuando los loros regresan a sus árboles dormitorios. Con un recipiente se dirigen a la quebrada que pasa por detrás del Centro de Salud, donde cargan tinajas con agua limpia para los alimentos; luego de llevarla a sus casas bajan hasta el muelle sobre el río para bañarse en sus aguas dejando que la espuma de jabón flote bajando lentamente con la corriente del río.
Después del baño en el río, se dirigen a sus casas a preparar la cena, y una vez terminada, poco antes de las 8 de la noche todas se dirigen a las instalaciones de “El Convenio”, con un butaco, una silla o un cojín, para sentarse en el salón de reuniones donde se encuentra el único televisor del pueblo, en el único edificio que cuenta con electricidad gracias a una planta generadora que funciona hasta las 10 pm. No quieren perderse ningún capítulo de la “Telenovela”. En 1991 se transmitía por un canal nacional una serie llamada Escalona, la de mayor audiencia por esos días en la cual se representaba la versión novelada de la vida del famoso compositor de ese apellido. Esa presencia masiva que se daba de lunes a viernes obligaba a los miembros del equipo a salir de ese salón después de la cena. Era frecuente que algunos salieran a conversar en los alrededores, otros se iban a su habitación a leer o directamente a dormir. En una de esas ocasiones salimos con Fernando- el cubano- a tomar un “Viche” en una terraza desde donde se podía observar la luna mientras se elevaba por el cielo.
En sus manos llevaba una pequeña bolsa de terciopelo, de la cual sacó media docena de huesos, los cuales identifiqué como huesos del carpo… “de un gran simio africano” se apresuró a aclarar el cubano – (personalmente no pude dejar de pensar que eran huesos humanos). Era la clase de elementos con los que se ejercía cierto tipo de “visión” en las prácticas adivinatorias del caribe profundo.
Los arrojó en un paño que acompañaba la bolsa de los huesos, y se quedó mirando durante un largo rato. Luego cerró los ojos y con voz pausada y profunda dijo:
- “…nos queda poco tiempo en esta parte del mundo. Para ti, cuando ya no se hable del cólera, se habrá saldado la deuda. Para mí, cumpliré con mi destino de fundirme con el barro del manglar, donde nace la vida en disputa con la muerte.”
Después de una pausa, abrió los ojos y mirándome directamente, agregó:
- “hace tres siglos, alguien de tu sangre por el lado materno fue Comendador en estas tierras… su ignorancia y arrogancia le hicieron cometer atrocidades contra la selva y sus habitantes, muchos sufrieron y murieron. Esa deuda estará saldada pronto y podrás volver a tu casa y tu familia…”
- …”un monstruo peor que la enfermedad se adueñará de esta selva en unos años, y ningún arte médica podrá evitarlo, ni dar alivio al sufrimiento que traerá. Ya viene avanzando por el cañón del Micay a cuestas de un elemental ajeno a esta tierra …”
- …”a mí, por mi parte, me espera el espíritu que anima los ciclos de esta selva, luego de una persecución -y derrota- por fuerzas superiores a mi conocimiento y méritos, me permitirá ser libre y volver al punto donde nace la vida.”
No quiso dar mayores explicaciones, apuró un par de tragos de viche y se retiró taciturno a su dormitorio. Su rostro se mostraba fatigado, y su ánimo muy diferente a la vivacidad y entusiasmo con los que abordaba normalmente las conversaciones. Acontecimientos posteriores me harían recordar esas palabras.
Las “apariciones”
Aunque era muy reservada, en ocasiones logré de Paulina alguna explicación o relato de esos fenómenos que constantemente encontraba en mi trasegar por la selva. En una ocasión en que regresaba de una jornada de consulta en la cercana localidad de Los Brazos, paré en la orilla del rio para ir a su rancho a llevarle el medicamento que requería para controlar la enfermedad epiléptica que desde niña la aquejaba. Ya era avanzada la tarde, y me pidió que aceptara un plato del delicioso encocado de jaiba que preparaba en su cocina, como pago por mis servicios médicos. En ese entorno, solamente las mujeres pueden pescar la Jaiba (especie de cangrejo) o la Piangua (molusco similar al mejillón). Con su pesca Paulina y su aprendiz obtienen un complemento a sus magros ingresos. En esa ocasión, mientras disfrutaba del sabroso plato, se desató una súbita tormenta y la corriente agitada del río desaconsejaba el seguir mi camino en el frágil potrillo en el que me desplazaba.
Cuando llegó la oscuridad de la noche, recordé que en mi maletín a veces guardaba una “media” (media botella, 350 ml) de un producto muy apreciado en la región: Cristal, una marca de aguardiente que compraba en el aeropuerto antes de subir al avión cuando regresaba de rendir mis informes y adquirir suministros en Popayán. Paulina y su aprendiz encendieron una vela, y se sentaron en el suelo de tablas; en un pequeño vaso de plástico bebieron con gusto y entablamos una conversación superficial en principio; mi torpeza en el manejo del potrillo fue el tema inicial. Estuve de acuerdo con ellas. No era yo hábil para navegar en esa cáscara de nuez en la que temía estar de pie, pero me encantaba desplazarme en ella suavemente por las aguas serenas de los esteros, rodeado de la vegetación y con los sonidos de la selva como música de fondo. Me miraron con gran atención cuando les relaté un encuentro que tuve en esas circunstancias una noche de luna: en un pequeño claro una mujer alta, vestida con lo que parecía hojas y lianas, cabello enmarañado que apenas dejaba entrever un rostro oscuro, con ojos brillantes. Me miró mientras me acercaba en mi potrillo, pero en ese momento la luz y el ruido de una lancha a motor rompieron la quietud del estero, y ella se internó rápidamente en el follaje. Con una expresión mezcla de preocupación y sorpresa, Isabela me preguntó si había visto el rostro en esa figura.
- Solo pude ver unos ojos muy brillantes, que me parecieron verdes – Respondí mientras observé que Paulina traía con afán una segunda vela que encendieron rápidamente.
“La Tunda” exclamó Isabella, “es ella o la Curcuragua”. Se refería a dos de las entidades presentes en los mitos y leyendas de los habitantes del Pacífico colombiano.
- “ …más me parece la Madremonte… de todas maneras cuídese médico, alguien puede estar tratando de hacerle daño, a usted o a alguien cercano” me advirtió Paulina.
Durante los cerca de veinte minutos que pasaron mientras remaba hacia el Hospital a guardar el instrumental y medicamentos, no pude dejar de pensar en los personajes mitológicos – ¿o no?- que describieron Paulina y su aprendiz en el par de horas que tardó la tormenta en pasar y el río en calmarse, mientras dábamos cuenta del aguardiente que animó la charla. Ya tendría oportunidad de profundizar un poco más en esa lista de habitantes de la jungla, en los días siguientes.
Nota: para entender el contexto de este relato, por favor referirse a los anteriores capítulos publicados a partir del No. 65 de esta revista.

Alvaro Tobon Trujillo
Médico