Desde hace varios años, tengo la sensación de que vivimos mucho más que una simple crisis económica, política o ecológica. Algo más profundo está ocurriendo. Una transformación que afecta nuestra manera de habitar el mundo, de pensar el tiempo, la naturaleza, la sociedad e incluso nuestra relación con el futuro.

Para intentar comprender este momento histórico, recurrí a un concepto ancestral proveniente de las culturas andinas: el “Pachakuti”. En las lenguas quechua y aimara, habladas especialmente en Bolivia, Perú y Ecuador, esta palabra significa literalmente: «el mundo se da vuelta». Designa un período de transformación profunda en el que el orden establecido se desorganiza para dar paso a otra configuración de la realidad. Para los pueblos andinos, la conquista colonial fue un inmenso “Pachakuti”. Representó el derrumbe brutal de un mundo y la imposición violenta de otro. Pero hoy creo que estamos atravesando un nuevo ciclo de este tipo.

Por todas partes, las certezas se tambalean.

Las instituciones pierden credibilidad, las desigualdades se disparan, el clima se desestabiliza, las guerras se multiplican y las sociedades se vuelven ansiosas y fragmentadas. Sentimos colectivamente que algo ya no funciona.

A mi entender, el “Pachakuti” permite nombrar precisamente esa sensación histórica: la de un vuelco global. Este concepto también me interesa porque propone otra visión del tiempo. La modernidad occidental nos acostumbró a pensar la historia como una línea recta orientada hacia un progreso infinito. Más crecimiento, más tecnología y más desarrollo debían producir automáticamente un futuro mejor.

Las cosmologías andinas piensan de otra manera. Allí el tiempo es cíclico. Los mundos atraviesan fases de equilibrio, desorden, destrucción y renacimiento. Nada permanece estable para siempre. Creo que esta perspectiva se vuelve particularmente pertinente hoy. Estamos descubriendo los límites ecológicos del planeta, el agotamiento de los recursos y la fragilidad de los sistemas económicos que creíamos eternos.

El desorden actual no debe entenderse únicamente como una catástrofe. En el pensamiento andino, el caos también puede ser un momento de transformación y regeneración. Y eso es precisamente lo que, a mi juicio, está ocurriendo hoy. Estamos viviendo un período en el que el viejo mundo continúa existiendo, pero pierde progresivamente su capacidad de producir sentido y estabilidad. Sin embargo, el nuevo mundo todavía no ha tomado forma.

Esta situación genera angustia, incertidumbre y, en ocasiones, repliegues autoritarios. Pero también abre un espacio para la invención histórica. Lo que me parece esencial en el “Pachakuti” es también su manera de pensar la relación entre el ser humano y la naturaleza. La modernidad occidental construyó una separación profunda entre las sociedades humanas y el resto de lo vivo. La naturaleza se convirtió en un objeto de explotación, una reserva de recursos disponibles para el crecimiento económico.

Las tradiciones andinas proponen otra lógica: los seres humanos forman parte de una trama relacional más amplia que incluye montañas, ríos, animales, ciclos climáticos y ecosistemas. Esta idea me parece fundamental en una época marcada por el cambio climático y el colapso de la biodiversidad. Hoy descubrimos, a veces de manera brutal, que no estamos fuera de la Tierra. Dependemos de equilibrios ecológicos frágiles que durante mucho tiempo ignoramos.

En mis libros, intento también acercar esta visión andina a otras tradiciones filosóficas. Pienso especialmente en el taoísmo chino y en esa idea de que la realidad está atravesada por movimientos permanentes, tensiones complementarias y transformaciones imposibles de fijar definitivamente. Las ciencias modernas suelen buscar modelar, medir y controlar el mundo. Pero siempre existe una parte de lo real que escapa a nuestras categorías y cálculos. El “Pachakuti” expresa precisamente esa dinámica: el mundo es movimiento, mutación y metamorfosis. Por eso creo que las crisis actuales no deben analizarse solamente como problemas técnicos por resolver. También revelan una crisis más profunda de nuestra manera de pensar la civilización. Probablemente estamos llegando al final de un ciclo histórico iniciado con la modernidad colonial hace varios siglos.

Eso no significa que un futuro mejor vaya a aparecer automáticamente. Un “Pachakuti” abre posibilidades, pero nada está garantizado. El futuro depende también de nuestra capacidad colectiva para imaginar otras formas de vida, otras instituciones y otras relaciones con la Tierra. Creo que estamos en un momento decisivo. O seguimos profundizando un modelo basado en la explotación ilimitada y la destrucción ecológica, o comenzamos a construir sociedades capaces de restablecer equilibrios más justos y sostenibles. Para mí, el “Pachakuti” no es solamente un antiguo concepto andino. Es una manera de comprender lo que nos está ocurriendo en este momento. Una palabra llegada de los Andes para nombrar el vértigo contemporáneo de un mundo que se está dando vuelta.

Hugo Busso

Hugo Busso

Filósofo

Traducido del francés por Achille Franchet