La película «El Deshielo», de Manuela Martelli, estrenada en cines en Francia el 26 de agosto de 2026, cuestiona la posibilidad de la amistad entre dos jóvenes que entran en la adolescencia, una chilena y otra alemana, en un Chile en transición hacia la democracia. ¿Qué queda de la sororidad bajo el peso de la violencia -de la dictadura militar, de las relaciones neocoloniales, del sistema patriarcal-?
La película narra una amistad incipiente y brutalmente interrumpida entre Inés, una niña chilena que vive en un hotel familiar de la cordillera de los Andes, y Hana, una joven deportista alemana que ha venido a entrenar a las montañas y que desaparece una noche sin dejar rastro. El incidente tiene lugar en un ambiente marcado por una mezcla de inercia y efervescencia: mientras Inés se aburre, esperando el regreso de sus padres, que se han ido de viaje a Sevilla para asistir a la Exposición Universal de 1992, el resto del hotel se agita, en sintonía con el movimiento del país, que renace de las cenizas de la dictadura y se abre de nuevo al mundo. En este contexto se pone en marcha la investigación destinada a encontrar el cadáver de Hana y a averiguar las causas de su desaparición, con un trasfondo de tensiones reavivadas por la situación política y por el entrelazamiento de las relaciones de género y poscoloniales que se reproducen entre las protagonistas.
Cuerpos en construcción en un país en transición
Manuela Martelli opta por narrar la historia desde la perspectiva de una niña, ya que es a través de los ojos de Inés, una joven de unos diez años, que seguimos los acontecimientos. El paralelo entre el relato de iniciación y las primeras etapas de la transición democrática de un país resulta especialmente elocuente.
Asistimos a la búsqueda de Inés, una niña curiosa y un poco rebelde, que intenta comprender el mundo que la rodea y construir su propia identidad en él. Dedica sus días a la observación y al cuestionamiento de las personas de su alrededor, ya sean sus primos adolescentes, los huéspedes del hotel o las empleadas que trabajan allí. Inés se impregna de su entorno y de las relaciones de poder que lo atraviesan. Así, constata, no sin cierta inquietud, el deseo casi vengativo que sus primos sienten por la joven turista alemana. También debe someterse a las órdenes de su abuela, una figura de autoridad que se erige en embajadora del «nuevo Chile» y convierte a Inés en una de las piezas centrales de su escaparate internacional, peinándola y vistiéndola «como una niña española».
Por otra parte, la película sitúa la búsqueda de identidad de Inés en un contexto marcado por la ausencia de sus padres, en particular de su madre, una figura femenina misteriosa que solo aparece a través de la imagen borrosa de un viejo televisor. Así pues, es fuera del círculo familiar y de la historia familiar donde Inés busca referencias de la feminidad que quiere encarnar, y encuentra en Hana, una adolescente alemana tan cautivadora como enigmática, la posibilidad de una alternativa que le atrae desde el primer momento.
En este contexto marcado por la fascinación por el exterior —incluso en lo que tiene de artificial, como la Exposición Universal de 1992 a la que acudieron los padres de Inés— y por la atmósfera asfixiante del interior, el cuerpo femenino extranjero encarna para la joven la promesa de una vida más libre.
La sororidad frente a la hostilidad del afuera
La película hace resaltar lo que une a las adolescentes a pesar de un contexto marcado por la hostilidad, tanto por el clima de la zona montañosa como por las tensiones políticas que caracterizan ese periodo.
Inès, en este sentido, se ve investida por su familia de una misión muy ambivalente: la niña, que domina perfectamente el inglés, debe hacer de enlace entre los invitados procedentes de Europa, al tiempo que cumple con el papel que se espera de ella: seguir siendo una niña discreta, bien disciplinada y peinada. Busca su propio camino entre estas exigencias contradictorias y lo encuentra junto a Hana, con quien descubre el gusto por los placeres transgresores. Estos se materializan en una nueva intimidad que comparten las adolescentes: se pintan las uñas de negro, pasean por las montañas tanto de día como de noche, transgreden las prohibiciones de los adultos y comparten hasta la intimidad del sueño en la cama individual de la adolescente. Las fronteras de esta nueva amistad son difusas para Inès, quien, abrumada por su entusiasmo y su fascinación por la adolescente, accede a su diario íntimo a escondidas.
Aunque la directora pone de manifiesto las ambigüedades que atraviesan la relación entre las dos jóvenes —especialmente cuando Inès parece querer «ocupar el lugar de Hana» junto a su madre y seguirla a Alemania—, también muestra la solidaridad que surge entre ellas en un contexto inquisitivo. Esta solidaridad queda especialmente demostrada tras la desaparición de Hana, cuando Inès acepta, en contra de las recomendaciones de su abuela, ayudar a la madre de la joven alemana a encontrar el cadáver de su hija.
Así, se tejen alianzas femeninas —nos sólo entre las dos adolescentes, sino también entre Inès y las empleadas del hotel, o incluso con la madre de Hana— en un contexto marcado por la persecución de la disidencia y por la sombra amenazante del patriarcado.
Bajo la nieve, la violencia y el silencio: el espectro omnipresente de la violencia machista
La película está muy marcada por la tensión de las relaciones de género y la amenaza de que se produzca un acto violento contra los cuerpos de las jóvenes —que se ven aún más vulnerables por el entorno montañoso y austero en el que se desarrolla la historia.
La amenaza de violencia comienza a cernirse, en primer lugar, a través de la mirada sexualizadora que los primos de Inés dirigen a Hana, convirtiendo el cuerpo de la adolescente en un territorio que conquistar. Así, se les ve escrutar a la joven alemana durante las comidas y prometerse que conseguirán llevársela a la cama. Inés, espectadora silenciosa de estas escenas, parece querer compensar con la dulzura de su acercamiento —le ofrece a Hana un panecillo con forma de muñeco de nieve— la brutalidad de los comentarios lascivos de sus primos. Se intuye en la violencia latente de los adolescentes un impulso cercano a la venganza, compensadora de los deseos frustrados por la posición subordinada a la que les reducen las relaciones neocoloniales vigentes en ese periodo, y de los anhelos reprimidos por la dictadura. Aquí también, el cuerpo rubio y la feminidad a la vez hegemónica y transgresora de Hana se convierten en receptáculo de estas proyecciones.
Otras figuras masculinas de la película están movidas por el deseo de apropiarse del cuerpo de la adolescente. Por ejemplo, el entrenador de Hana, una figura ambigua que encarna un paternalismo lascivo, la somete a una ducha fría tras sorprenderla en una discoteca, como si quisiera aplastar la posibilidad de existencia de un deseo de la adolescente que no le estuviera destinado.
La tensión alcanza su punto álgido cuando el primo de Inés consigue colarse, casi a la fuerza, en la habitación de Hana para besarla. La escena, vista a través de los ojos entreabiertos de Inés, muestra el beso como un asalto tras una caza, y precede inmediatamente a la desaparición de la joven. De este modo, hasta el final de la película, la duda planea, tanto en la mente de Inés como en la de los espectadores y espectadoras, sobre la responsabilidad del adolescente en la desaparición de Hana.
En este sentido, Manuela Martelli escenifica con gran maestría el silencio orquestado en torno a la violencia machista, cuyo paralelismo con el de la dictadura se adivina. De hecho, la abuela de Inés, decidida a proteger la reputación familiar a toda costa, aleja a su nieto del hotel mientras dura la investigación y ordena a Inés que guarde silencio sobre lo que pudiera haber visto.
La solidaridad puesta a prueba por la caza de la disidencia
En el entorno cerrado que conforma el hotel perdido en medio de las montañas, los cuerpos femeninos aparecen acosados, amenazados por la sombra aún presente de la represión dictatorial, y el orden de género debe respetarse escrupulosamente.
Así, se comprende que los equipos de patrulleros, formados exclusivamente por hombres, que salen en busca del cuerpo de Hana tienen sentimientos ambivalentes hacia ella. Su condena silenciosa de la conducta de la adolescente se traduce en la negligencia y la lentitud de sus búsquedas. Por otra parte, el interrogatorio que llevan a cabo con la madre de Hana, supuestamente centrado en los hábitos de la adolescente, se convierte rápidamente en un juicio sobre su responsabilidad como mala madre.
La imagen de la madre fallida —y, además, extranjera—, implícitamente acusada de histeria cuando busca a su hija en las montañas desobedeciendo las indicaciones de los lugareños, encaja a la perfección con el contexto histórico en el que se enmarca la historia. En efecto, Hana dice de su madre que procede «de un país que ya no existe», en referencia a la RDA (República Democrática Alemana) tras la caída del muro de Berlín. En una sociedad aún marcada por la caza de comunistas, este origen misterioso y sospechoso convierte a la madre de Hana en una figura tan fascinante como peligrosa, a la que, al igual que a su hija, habría que castigar por su conducta transgresora.
En la escena final, Inés encuentra, flotando en un lago, la bufanda roja de Hana. El accesorio resulta doblemente simbólico: remite a las últimas horas de Hana, que la llevaba puesta la noche de su desaparición, pero también a la carga política de su color. Antes de que desapareciera, el primo de Inés le había preguntado a la adolescente si esa bufanda roja «estaba hecha de lana alemana, de ovejas alemanas», y, tras la ingenuidad de esta pregunta, aparece la cuestión de una fascinación más sutil por lo que representaba la Alemania de la época y, de manera implícita, por el comunismo, enemigo declarado del régimen de Pinochet.
La película convierte la amistad entre Inés y Hana en el reflejo de una transición democrática inconclusa: mientras que empiezan a surgir nuevas alianzas femeninas, éstas siguen restringidas por las estructuras de dominación, la violencia y los silencios heredados de la dictadura.

Marie Vilar
Jurista y columnista cultural, especialista en estudios de género