Nacida en las plantaciones coloniales colombianas del mestizaje forzado entre esclavos africanos, pueblos indígenas y colonos españoles, la cumbia es hoy el género musical más transversal de América Latina. Cada país la ha reinventado a su manera, y cada versión cuenta algo de la sociedad que la vio nacer.
Todo comenzó en la Depresión Momposina, una región pantanosa de la costa caribeña colombiana, entre los siglos XVII y XVIII. Allí, esclavos africanos procedentes de África Central cantaban areítos —“bailar cantando”— para conservar la memoria de sus pueblos de origen. Los indígenas Pocabuy aportaron sus flautas de caña y sus gaitas. Los colonos españoles introdujeron la danza, las letras y las faldas de volantes heredadas de Andalucía. De esta convivencia forzada nació un nuevo género musical. Incluso el origen de la palabra refleja ese entrelazamiento cultural. “Cumbia” podría provenir del término bantú cumbé, que designaba una danza festiva en Guinea Ecuatorial, o quizás de cumbague, nombre de un cacique de la región de Mompox. Nadie lo sabe con certeza. La cumbia es hija del mestizaje incluso en su nombre.
Una música, mil variantes
Lo que hace única a la cumbia dentro de las músicas latinoamericanas no es tanto su origen como su extraordinaria capacidad de transformarse sin perder su esencia. A partir de la década de 1940 salió de Colombia y se instaló en México, donde llegó incluso a superar en popularidad a su país de origen. Más tarde llegó a Argentina de la mano de músicos colombianos como Hernán Rojas, fundador de los Wawancó. También ascendió por los Andes hasta Perú y Bolivia. En cada lugar absorbió elementos de las músicas locales y se transformó, no uniformándose, sino multiplicándose en tantas versiones como contextos sociales la acogieron.
En Perú, la chicha surgió en los años sesenta de la fusión entre la cumbia y el huayno andino, impulsada por los migrantes que descendían de los Andes hacia Lima y buscaban en esta música híbrida una identidad entre dos mundos. En México, la cumbia sonidera se convirtió en protagonista de las fiestas populares y de los enormes sistemas de sonido ambulantes de los barrios urbanos, con sus bajos profundos y sus característicos ritmos ralentizados. En Argentina apareció la cumbia villera —literalmente, la cumbia de las villas miseria— a finales de los años noventa, precisamente cuando el país comenzaba a hundirse en la crisis económica que alcanzaría su punto máximo en 2001.
La voz de las periferias
Ahí reside quizás el aspecto más interesante de la cumbia: allí donde se instaló se convirtió en la música de las clases populares y de los migrantes internos. De quienes abandonan el campo para instalarse en las periferias urbanas. De quienes son absorbidos por las ciudades sin llegar a integrarse plenamente. En Perú, la cumbia fue durante mucho tiempo despreciada por las élites limeñas, mientras era ampliamente apreciada en las zonas rurales y entre los sectores populares. Pablo Lescano, fundador de la cumbia villera argentina, lo resumía así: «La cumbia es la música de los que no tienen nada, y por eso está en todas partes». La cumbia terminó convirtiéndose en el espejo que las clases populares le tenden a un continente que a menudo prefiere mirar hacia otro lado.
Hoy la cumbia se ha globalizado y ha salido de América Latina. Cualquier compositor que navegue por YouTube puede reinterpretar ese ritmo colombiano tan característico, samplear sus inconfundibles flautas o recrear los acordes de un acordeón capaz de emocionar a cualquier aficionado de la cumbia mexicana. Reinventada en Argentina, México, Perú y Estados Unidos, y dando origen a variantes como la cumbia villera, la cumbia sonidera, la cumbia chicha o la tecnocumbia, este género musical ha terminado por conquistar el planeta. Ha sido sampleada por Jay-Z en Blue’s Freestyle, retomada por Manu Chao, que incorpora fragmentos de La Verdolaga en Por el suelo, y forma parte hoy de las fiestas de todo el mundo desde el éxito del álbum DeBÍ TiRAR MáS FOToS en enero de 2025. La cabeza sigue estando en Colombia, pero sus tentáculos se extienden ya por todo el planeta.
Este viaje de cuatro siglos —desde las plantaciones esclavistas de la costa caribeña hasta las plataformas globales de streaming— es quizá la mejor metáfora de América Latina. Nacido de la violencia colonial, el continente transformó esa historia en algo que hoy el mundo entero tararea, muchas veces sin conocer ni su origen ni sus palabras.
Para descubrir uno de sus mayores iconos : https://youtu.be/_sOav6GrLr8

Achille Franchet
Periodista
Traducido del francés por Achille Franchet