La alarma ha sonado para todos, sacándonos del letargo plácido en el que nos habíamos acurrucado en nuestra zona de tranquilidad ilusoria. El mundo entero está en plena convulsión, sacudido por las disposiciones unilaterales respaldadas por la potencia militar de los Estados Unidos. 

Incluso los más alejados de la política ya se preguntan: «¿Y qué piensas de lo que ha pasado en Venezuela?». La lista se alarga, dolorosa y vasta: Groenlandia, Cuba, Colombia, Irán, Israel, Gaza, Sudán, Malí, Benín, Siria, Ucrania…

Nadie puede ya dejarse llevar por la ilusión de estar a salvo; la contingencia acecha en todo momento. Afortunadamente, la creencia en una Tercera Guerra Mundial aún no ha echado raíces. Sin embargo, la ley bruta del más fuerte en términos militares vuelve a ser la regla. La humanidad parece haber retrocedido varios siglos, evocando la sentencia histórica: «Allí donde el caballo de Aníbal pasa, la hierba ya no vuelve a crecer».

Tras la Segunda Guerra Mundial, el militarismo mundial se adormeció, particularmente en Europa, que hoy carece de medios suficientes para defenderse frente a Rusia o a los propios Estados Unidos. Se creía, con cierta ingenuidad, que el Siglo de las Luces continuaría iluminando el camino de la humanidad.

Siempre se ha sostenido que Europa alcanzó su evolución a través de la cultura, mientras que, por el contrario, los Estados Unidos se desarrollaron al margen de ella. Esto se manifiesta en su *modus operandi*: sus declaraciones se reducen a la alternativa del dinero o la guerra, desprovistas de todo fundamento ideológico, filosófico y, mucho menos, cultural para sustentar sus acciones. Actúan como el niño mimado que exige que todo le pertenezca y que, si no se le concede, se pone a patalear en el suelo.

 Los primeros llamados a revertir este retroceso civilizatorio son los propios ciudadanos de los Estados Unidos, quienes deben poner orden en su propia casa. Corresponde al habitante común hacer valer los logros esenciales de la civilización humana.

El resto de la humanidad debe marchar en la misma dirección. Como bien expresó el premio Nobel de Literatura, J.M.G. Le Clézio: «Los indios de Panamá me civilizaron». Por supuesto, mucha gente aún no lo comprende.

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Román Gómez

Román Gómez

Fundador - Director General El Café Latino