Aunque Maximiliano fue fusilado el 19 de junio 1867, la noticia es dada a conocer en Francia hasta el 3 de julio. Napoleón III no quiere enturbiar las fiestas de la Exposición Universal, considerada como el apogeo de su reinado. Cuarenta y un países se encuentran representados, París es el centro de Europa. El mismo Francisco José se desplazó. Las malas noticias pueden esperar.
Inmediatamente después de la ejecución, el cuerpo del emperador es transportado al convento de Capuchinas para protegerlo de la curiosidad del público. Aún sus servidores más cercanos tienen prohibido acompañarlo. El cadáver no entra completo en el ataúd, los pies sobresalen. En efecto, su estatura excede la del promedio de los mexicanos a quienes están destinadas estas cajas mortuorias. Finalmente, lo hacen entrar a la fuerza.
Maximiliano en su ataúd
Una vez en la capilla del convento, los restos se colocan sobre una mesa de madera donde el doctor Vicente Licea procede a su embalsamamiento. Juárez precisó por carta que todo el proceso estaría a cargo del gobierno mexicano. Visiblemente, él trata de evitar todo tipo de ceremonia, pero, desgraciadamente, habrá otras sorpresas.
El cadáver, que presenta cinco impactos de bala en el abdomen más el tiro de gracia en el corazón, es sumergido en un baño de reactivos químicos para que, según el médico, las humedades sean absorbidas. Se procede entonces al vendaje total del cuerpo que es recubierto de una especie de pegamento soluble en el agua. El proceso toma siete días, durante los cuales las visitas a la capilla son continuas. Las ricas familias de la ciudad envían a sus servidores con pañuelos para mojarlos con la sangre del emperador.
El doctor establece un jugoso tráfico de reliquias que implica, además de la venta de sangre, el comercio de la ropa, pero también de otras partes del cuerpo como mechas de su cabellera o de su barba. Cuenta la leyenda que los ojos azules del emperador también fueron puestos a la venta. ¿Se trata realmente de una leyenda? Después de su embalsamamiento, el cuerpo se encuentra ataviado con unos ojos negros, como lo prueban las fotos que se hallan actualmente en la web, accesibles a partir de cualquier motor de búsqueda en línea. El desconsiderado doctor Licea habría reemplazado los ojos de Maximiliano con los de una estatua de Santa Úrsula que se encontraba en la capilla del convento.
Princesa Agnes Salm-Salm
El doctor Licea propone a Agnes Salm-Salm un lote de objetos que pertenecieron a Maximiliano. Con el pretexto de no contar con los 20,000 pesos para comprarlos, ella le pide una lista acompañada del precio de cada uno, pues supuestamente conocería a una persona rica e interesada en su adquisición. Entre ellos se encuentra una banda de seda ensangrentada, un pantalón negro con los impactos de bala en el vientre, una camisa blanca con la marca del tiro de gracia, un par de zapatos, una corbata, unos cabellos y unos pelos de la barba, la sábana que lo cubría, la bala que atravesó su corazón y un molde en yeso de su cara. La lista está firmada por el médico.
Con esta prueba en mano, ella va a ver a Juárez para denunciar a Licea quien, durante el proceso judicial, se defiende precisando que se trata de una forma de gratificación puesto que el gobierno no lo retribuyó por sus servicios y que, además, él mismo tuvo que pagar de su bolsillo las substancias utilizadas. Esto justifica su mala calidad. Por otro lado, él afirma que una buena parte de sus instrumentos de cirugía le fueron robados sin que pudiera obtener su restitución. Fue finalmente condenado a dos años de cárcel.
Después de esta parodia de embalsamamiento, el cuerpo es transferido al cuartel general del gobernador donde es olvidado en un rincón. Al cabo de un mes, el ataúd está cubierto de polvo, el vidrio que permite ver el rostro del difunto está roto y el velo negro que lo cubre está arrugado y manchado con la cera que cayó de las velas. Pero el contenido está aún más averiado, el cadáver comienza a liberar olores desagradables, los dientes se aflojaron y la cara es irreconocible. La técnica de Licea es deplorable. ¡Cunde el pánico! Los Habsburgo quieren recuperar el cuerpo, pero si el gobierno lo devuelve en ese estado, el incidente diplomático no se hará esperar.
La ejecución de Maximiliano – Edouard Manet
La noche misma de su ejecución, los amigos del emperador tratan de recuperar sus restos. Dado que no se trata de un trámite oficial, Juárez no lo autoriza. El enviado de los Habsburgo llega a México a finales de agosto, y no es otro que el almirante Wilhelm von Tegetthoff, amigo personal y compañero fiel de Maximiliano desde sus inicios en la marina, como se vio en el capítulo 2. Se entrevista con el presidente que da una respuesta favorable a su petición, a condición de presentar un documento oficial de la corte de Austria y no solamente la palabra de honor de un marino, por muy ilustre que este sea.
Más allá del destino del cadáver, este asunto representa una cuestión aún más importante. Si Austria emite una solicitud oficial, reconoce implícitamente el gobierno republicano y liberal mexicano en lugar de un imperio cuya corona fue asumida por un Habsburgo. Ironía de la historia, la petición oficial llega en 1867, pero México no será reconocido por el imperio austro-húngaro hasta 1901.
El plazo de espera del documento proporciona al gobierno mexicano el tiempo necesario para detener la descomposición del cuerpo y tratar de presentarlo de manera menos repugnante. Pero, a pesar de todo, otras vicisitudes acechan al desventurado cadáver.
El gobierno decide entonces enviar el cuerpo de Maximiliano a la capital para ser tratado por los mejores embalsamadores, bajo la supervisión del Doctor Basch. Tanto la partida como el transporte de los restos tienen lugar en el más estricto secreto para evitar las manifestaciones multitudinarias de apoyo al imperio.
En plena temporada de lluvias, el viaje se complica, hasta el punto que cuando atraviesan un río crecido, la corriente derriba el coche y el agua se lleva el ataúd que es recuperado varios metros más lejos. El cadáver del emperador flota en un agua lodosa, lo que aumenta la magnitud del desastre.
Los últimos momentos de Maximiliano – Jean-Paul Laurens
Una vez en la capital, los restos, que empiezan ya a ennegrecer, son depositados en la capilla del hospital de San Andrés para que los médicos Agustín Andrade, Rafael Montaño y Felipe Buenrostro intenten restaurarlo. Primero proceden a la supresión de las vendas del cuerpo para constatar con horror su estado avanzado de descomposición. Durante varios días lo cuelgan de los pies al techo de la capilla para que escurran los líquidos putrefactos. A continuación, lo sumergen en un baño de arsénico, después lo dejan secar durante varios días para, finalmente, proceder a vestirlo.
Algunos autores mencionan que, durante el trayecto de Querétaro a la ciudad de México, el cadáver habría perdido un trozo de la nariz que hubiera sido reconstituido con cera. Por otro lado, la barba estaba en tan mal estado que fue necesario pegarle una falsa. Todo esto, además de los ojos negros, hacen que el guapo Maximiliano de antaño se vuelva irreconocible. El almirante Tegetthoff se horroriza del resultado.
El segundo embalsamamiento se está llevando a cabo cuando empiezan a circular otro tipo de reliquias, esta vez en forma de retrato del cadáver de Maximiliano después de su primer embalsamamiento. El precio de la imagen de medio cuerpo es de 50 centavos, mientras que la fotografía del cuerpo entero cuesta dos pesos. Las dos modalidades tienen un gran éxito y se venden como pan caliente.
