© Waren Brasse – Unsplash
El intelectual y poeta Arturo Cova, protagonista principal de «La Vorágine», la novela de José Eustasio Rivera de la que les hablé hace unos días, al sentir y vivir el peso monumental y avasallador de la selva amazónica a donde había huido, nos dice lo siguiente con bellas y expresivas palabras poéticas al comenzar la segunda parte:
«¡Oh, selva, esposa del silencio, madre de la soledad y de la neblina! ¿Qué hado maligno me dejó prisionero en tu cárcel verde? Los pabellones de tus ramajes, como inmensa bóveda, siempre están sobre mi cabeza, entre mi aspiración y el cielo claro, que sólo entreveo cuando tus copas estremecidas mueven su oleaje, a la hora de tus crepúsculos angustiosos. ¿Dónde estará la estrella querida que de tarde pasea las lomas? ¿Aquellos celajes de oro y múrice con que se viste el ángel de los ponientes, por qué no tiemblan en tu dombo? ¡Cuántas veces suspiró mi alma adivinando al través de tus laberintos el reflejo del astro que empurpura las lejanías, hacia el lado de mi país, donde hay llanuras inolvidables y cumbres de corona blanca, desde cuyos picachos me vi a la altura de las cordilleras! ¿Sobre qué sitio erguirá la luna su apacible faro de plata? ¡Tú me robaste el ensueño del horizonte y sólo tienes para mis ojos la monotonía de tu cenit, por donde pasa el plácido albor, que jamás alumbra las hojarascas de tus senos húmedos! Tú eres la catedral de la pesadumbre, donde dioses desconocidos hablan a media voz, en el idioma de los murmullos, prometiendo longevidad a los árboles imponentes, contemporáneos del paraíso, que eran ya decanos cuando las primeras tribus aparecieron y esperan impasibles el hundimiento de los siglos venturosos. Tus vegetales forman sobre la tierra la poderosa familia que no se traiciona nunca. El abrazo que no pueden darse tus ramazones lo llevan las enredaderas y los bejucos, y eres solidaria hasta en el dolor de la hoja que cae.
Tus multísonas voces forman un solo eco al llorar por los troncos que se desploman, y en cada brecha los nuevos gérmenes apresuran sus gestaciones. Tú tienes la adustez de la fuerza cósmica y encarnas un misterio de la creación. No obstante, mi espíritu sólo se aviene con lo inestable, desde que soporta el peso de tu perpetuidad, y, más que a la encina de fornido gajo, aprendió a amar a la orquídea raquítica, porque es efímera como el hombre y marchitable como su ilusión. ¡Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras, formadas con el hálito de los seres que agonizaron en el abandono de tu majestad! ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas! ¡Quiero volver a las regiones donde el secreto no aterra a nadie, donde es imposible la esclavitud, donde la vista no tiene obstáculos y se encumbra el espíritu en la luz libre! ¡Quiero el calor de los arenales, el espejeo de las canículas, la vibración de las pampas abiertas! ¡Déjame tornar a la tierra de donde vine, para desandar esa ruta de lágrimas y sangre que recorrí en nefando día, cuando tras la huella de una mujer me arrastré por montes y desiertos, en busca de la Venganza, diosa implacable que sólo sonríe sobre las tumbas!.»
© El Café Latino – Hervea Brasiliensis Caucho
Sin embargo, después al final de la novela Cova decide perderse en ella porque se da cuenta con claridad que no es una cárcel sino, al contrario, un refugio para su libertad, que a pesar de las graves y grandes riesgos que entraña para su vida, es fuente de vida, que su anhelo de dejarla, de liberarse de su pesado y cerrado fardo, para encontrar de nuevo «el calor de los arenales, el espejeo de las canículas y la vibración de las pampas abiertas» es un espejismo, o mejor, una equívoca ilusión porque es el lugar en el que puede vivir sin cortapisas ni limitaciones sociales el amor con Alicia y su pequeño hijo.
Comprendió en ese momento que ese lugar que comenzaba a hacer suyo, a integrar en su ser, era el sitio más apropiado para vivir con entera libertad el amor. Pues no había en él otros seres humanos que lo condenaran o censuran ni que lo persiguieran con las leyes injustas de un Estado, para impedir que lo pudiera vivir, sino, al contrario, estaba poblado por «vegetales que forman sobre la tierra la poderosa familia que no se traiciona nunca. El abrazo que no pueden darse tus ramazones lo llevan las enredaderas y los bejucos, y eres solidaria hasta en el dolor de la hoja que cae.»
Es este abrazo solidario que se dan entre sí de manera natural y permanente los vegetales el que él también recibe al ingresar a su interior. Abrazo incondicional y generoso que, además, de nutrir y proteger su vida le asegura la valiosa posibilidad de abrazar a su turno con entera libertad el amor que quiere por encima de todo vivir.
Y es que en las sociedades tradicionales el amor libre entre las personas estaba prohibido o severamente censurado por la inmensa mayoría de sus miembros. Y cuando algunos osaban vivirlo, en un gesto de libertad, sin someterse a la regla del matrimonio o de la heterosexualidad, eran perseguidos y castigados por sus padres o por las autoridades judiciales estatales apoyándose en normas jurídicas que los habían convertido en «delitos». Y la sociedad colombiana, y por supuesto también la bogotana, de las primeras décadas del siglo pasado, tenía los rasgos de una sociedad tradicional que apenas se comenzaba a asomar a la modernidad. De ahí que una de las opciones que tenían o les quedaba a aquellos que querían vivir con libertad el amor, de liberarse de estas reglas y condiciones que lo sujetaban, era dejar el espacio de esa sociedad para encontrar otro lugar en el que esas censuras y prohibiciones no existieran. Y la selva, que no estaba tan distante o lejana de Bogotá, les ofrecía esa posibilidad. Posibilidad llena de escollos y peligros, que, sin embargo, Arturo Cova y su amante Alicia, decidieron tomar porque prefirieron asumir y enfrentar esas grandes dificultades que renunciar a vivir con plena libertad al amor.
De ahí que «La Vorágine» no es solo un conmovedor y poderoso alegato literario expuesto por el viejo Clemente Silva contra el trato infrahumano que la compañía cauchera de Julio César Arana lo dio a sus trabajadores-indígenas durante los 30 años de su existencia. Es también, una narración en favor de la libertad del amor, del amor libre, en medio de una sociedad que lo desaprobaba y condenaba con vigor. Y al ser esto así, se erigió en la novela que inauguró la narrativa moderna en Colombia.
© El Café Latino – Busto de Jose Eustacio Rivera
Pero, además, la novela tiene otro personaje fundamental y muy valioso, viejo Clemente Silva. Un hombre originario de la ciudad de Pasto situada al sur de Colombia que se internó a comienzos del siglo XX en la selva amazónica de la región del Putumayo para buscar a su único hijo de 12 años que había reclutado a la fuerza para trabajar recogiendo caucho por la compañía Casa Arana de la que era propietario el tristemente célebre empresario peruano Julio César Arana. Sin embargo, al llegar al territorio de la compañía en le región del Putumayo es sometido y obligado a trabajar en las mismas condiciones infrahumanas con las que trabajan todos los demás trabajadores, en su mayoría indígenas de la comunidad Huitoto, a los que la compañía les imponía una cuota o cantidad determinada de caucho que tenían que recoger cada día a cambio de unos escasos y mal preparados alimentos, y unas pocas herramientas que tenían que pagar. Y en caso que no cumplieran con la cuota, hecho que ocurría con mucha frecuencia, los más de 200 capataces-vigilantes originarios de Barbados en el Caribe, los castigaban con latigazos, les cortaban las manos en ocasiones y los mataban en caso que intentaran escaparse.
Se calcula que durante los más de treinta años que existió la compañía murieron debido a estas infrahumanas condiciones de trabajo que fueron sometidos unos 30.000 indígenas Huitotos. En 1912 la compañía fue cerrada debido, entre otras razones, a las denuncias que el diplomático irlandés Roger Casement presentó ante el parlamento británico y del libro que escribió narrando las atrocidades a que eran sometidos los trabajadores indígenas. Libro que tituló Libro azul británico. Informe sobre las atrocidades en el Putumayo, y que le sirvió de fuente y de base a Mario Vargas Llosa para escribir 100 años después una novela «El sueño del celta» sobre la vida y labor de este valioso personaje.
Silva, después de quedar libre por el cierre de la compañía prosiguió por la selva la búsqueda de su hijo llevando consigo su cuerpo lacerado y lleno de incontables cicatrices que le dejaron todos los latigazos que le propinaron. Lo encontró 8 años después muerto. Decidió guardar sus huesos en una caja como el único tesoro que le quedaba y llevarlos consigo en su transitar por los parajes de la selva que decidió nunca más abandonar, y en donde conoció al principal protagonista de la novela, el intelectual y poeta Arturo Cova que llegó a ella por un motivo totalmente diferente, el de huir de la orden de captura que las autoridades judiciales habían proferido contra él a petición del hombre que se pretendía casar con Alicia, su amante.
Cova quiso encontrar en la selva un refugio para su libertad, mientras que Silva, al buscar a su hijo, encontró en su seno lo contrario, la esclavitud. Esclavitud de la que, sin embargo, se pudo librar al cerrarse la compañía de Arana. Y en ese momento comprendió bien, después de tantos años de vivir esclavizado que el territorio dominado y contralado por la compañía, que esta no era la verdadera selva, que su presencia había mancillado, dañado y enajenado su auténtica fisonomía; que la selva era más bien en realidad un lugar o territorio de libertad como también lo pensó Arturo Cova. Por eso él decidió seguir viviendo en su seno; y por eso tal vez Coba al final de la novela se pierde en ella, junto con Alicia y su hijo recién nacido. Todos encontraron en ese espacio «salvaje» cargado de riesgos para sus vidas la posibilidad de ser libres.

Camilo Garcia Giraldo
filósofo y escritor