Nacida en Cuba en 1920 (o 1921, no se sabe exactamente), muere en Cuba 17 octobre 2019, Alicia Alonso, bailarina estrella cubana coronada Prima Ballerina Assoluta – como menos de diez bailarinas en el siglo XX. Dirigió hasta su muerte el Ballet Nacional de Cuba, uno de los más famosos del mundo. ¿Cómo imaginar que esta inmensa artista, casi ciega a los veinte años después de un doble desprendimiento de retina, pudiese imponerse, a pesar de su enfermedad, en los escenarios del mundo entero y bailar con los más renombrados bailarines ?

En julio de 2017, su compañía actuó en la Salle Pleyel, en París, y aunque totalmente ciega e incapaz de andar sola, allí estaba ella.

Alicia Alonso o la Danza con Rabia

Exposición sobre Alicia Alonso

En su novela L’Assoluta de Cuba, publicada en francés en 2018 en las ediciones L’Echappée belle, la escritora Dominique Chryssoulis se desliza con ardor en la piel de su heroína con su escritura poética y la apasionada construcción de su relato.

Se ve bailar a Alicia, se la oye hablar a diferentes edades, con sus vestidos siempre elegantes, su maquillaje bien cuidado, sus uñas pintadas, sus gestos teatrales, su voz ronca, sus afirmaciones, su habla impetuosa. Sería inútil resistirle… Sus dos maridos no tuvieron más remedio que quedarse quietos, al igual que todos los que la rodeaban.

Alicia Alonso o la Danza con Rabia

Dominique Chryssoulis, autora

Desde su más tierna infancia, esta pequeña habanera, más bien enclenque, siente hormigueo en los pies . Después de un viaje en familia a España, tierra de sus antepasados, descubre el flamenco y pasa el día repitiendo las complejas figuras, abanico en mano. Los cubanos tienen el bailar en el cuerpo. Al regresar, Alicia sabe lo que quiere: aprender danza clásica. Por fin, después de muchas reticencias, su padre acepta. Llega a ser alumna del ruso Nicolaï Yavorski y poco a poco va revelando sus aptitudes.

 El ballet la eligió a ella. Una forma de hechizo. De posesión por estos espíritus a mitad de camino entre animales y humanos de la santería que pueblan el bosque cubano, rondan en su pintura y su literatura. Por este mundo ufano, hormigueante, que prolifera en el calor húmedo de los trópicos. Algo de esos seres invisibles y maravillosos entró en su cuerpo mientras dormitaba en el aire ronroneante de un ventilador. La tomó toda por completo, desde los dedos de los pies hasta la punta de las uñas que siempre ha cuidado con esmero. El espíritu del ballet. En este país donde bailar al ritmo sincopado de una orquesta es una segunda naturaleza, donde el cuerpo se contonea en la tibieza lasciva de una noche caída de golpe. Nació de ese crisol, de esa sensualidad.

Alicia Alonso o la Danza con Rabia

Gran Teatro de La Habana

Niña precoz para todo, Alicia se casa a los quince años con un alumno del curso de danza, Fernando Alonso, hijo de la directora. Como ya está embarazada, se apura la boda y la pareja se marcha a Nueva York, ciudad insignia para la coreografía en el periodo de entreguerras. Ambos siguen los cursos de los más famosos maestros: Balanchine, Agnès de Mille, Jerôme Robiens y otros. Frenesí de aprender, carrera contra el tiempo para progresar con unos y otros. Por fin, un día llega la consagración: bailan los dos en comedias musicales en Broadway. ¡Un éxito rotundo!

Sin embargo, Alicia quiere ir más lejos aún: bailar en un auténtico ballet. Está segura de que pronto tendrá la oportunidad de hacerlo. Pero a los veinte años se abatirá sobre ella una de esas tormentas que lo destrozan todo en el Caribe, y especialmente en Cuba: una divinidad maligna le daña la vista, pierde la visión lateral, sólo percibe sombras y destellos.

Pasa un año en cama con la cabeza entre dos bolsas de arena sin poder mover sino las manos y los pies, y sin ver a su niña Laura. Alterna los momentos de desesperación y de violencia. Otro año así, no lo soportará jamás.

Un día experimenta un chispazo vital: imaginar en su mente el ballet Giselle… Todo el ballet, todos los roles, cada entrada y cada salida, cada paso… «He bailado Giselle en mi mente» dirá.

Alicia Alonso o la Danza con Rabia

Gran palacio de París, Opera Giselle 

Viengsay Valdès (izquierda), Alicia Alonso (centro), Romel Frometa (derecha)

En 1943, después de reaprender a andar con dificultad y a bailar gracias a su voluntad de acero, Alicia desempeña el papel estelar de Giselle en el Metropolitan Opera de Nueva York. Era Alicia Markova quien estaba prevista pero, enferma, tuvo que ceder su lugar. Nadie quiso reemplazarla, excepto Alicia, quien bailó tres semanas sin interrupción, acabando la primera semana con los pies en sangre. Un triunfo…

Pas de deux del segundo acto de Giselle. Dulzura acolchonada. Lentitud. Cuerpo elevado en alto por dos brazos de hombre, suspiro de los estratos de tul blanco, levantados por un saut de biche. Estridencia de los violines. Voluptuosidad que ralentiza y suspende el movimiento en el cielo. La audiencia que aguanta el aliento. Luego, de nuevo en el suelo, la increíble velocidad de los tobillos que tejen entrechats y relevés en punta hacia atrás, cuerpo erguido, brazos suavemente apoyados sobre la falda blanca.

Alicia Alonso o la Danza con Rabia

Cartel de Alicia Alonso

Giselle es su ballet preferido. Lo danza en el mundo entero con partenaires de diversos países : el inglés Anton Dolin, los cubanos Fernando Alonso y Jorge Esquivel, el ucraniano Igor Youskevitch, los rusos Vladimir Vassiliev, Andrés Eglevski, Vladilen Semyonovet, Azari Plissetski, el estadounidense Royes Fernández, los daneses Fleming Flindt y Erik Bruhn, el argentino Rodolfo Rodríguez, el español Rafael Padilla, el francés Cyril Atanassoff.

El baile se apoderó de su cuerpo muy temprano, en la más tierna infancia, igual que todos los que viven en esta isla. Simplemente, puso sobre este rito ancestral una forma más exigente, movimientos más difíciles. Hubo este encuentro: un movimiento libre, ligado a los ritmos afrocubanos y una gramática erudita, procedente de Rusia y Europa que pocos en un siglo han logrado trascender hasta convertirse con evidencia en una lengua natal. El cuerpo vuela, apenas rozando el suelo. Ella fue de esas, con algunas rusas y tres o cuatro europeas.

Alicia Alonso, Giselle (3 de noviembre de 1968)

En YouTube se puede ver, de principio a fin, el mismo extracto interpretado a diferentes edades. La vemos a los veintitrés años, a los cuarenta y tres, a los cincuenta y ocho y a los sesenta. Cuesta creerlo pero así es, y no es todo… Cuando aún la vemos a los sesenta y cuatro años, nos preguntamos si hemos calculado bien la edad…

Increíble velocidad de los trenzados y trabajos en puntas. Perfección de las vueltas, de los giros encadenados y del arabesco final. Es asombroso… Las estrellas de la Ópera de París se retiran a más tardar a los cuarenta y dos años. Alicia Alonso sigue bailando, sin parar. Sesenta y ocho años, setenta y uno… La última actuación fue filmada dos años antes de que colgará las zapatillas. Había cumplido setenta y cinco años…

En 1948 regresa a Cuba para fundar el Ballet Alicia Alonso que Fidel Castro, de quién siempre fue amiga, nacionaliza en 1959. Le sigue una carrera internacional asombrosa.

Interpreta los primeros roles de los ballets clásicos y contemporáneos. Hoy, el mayor teatro de La Habana lleva su nombre – Gran Teatro Alicia Alonso – y su estatua fue erigida en el vestíbulo de entrada. Artista fuera de norma, Alicia Alonso ha entrado en la leyenda de la danza clásica.

Alicia Alonso o la Danza con Rabia

Cartel que anuncia la instalación de la estatua de Alicia Alonso

Dominique Chryssoulis

Dominique Chryssoulis

Novelista y autora dramática