George Bataille, consideró, en su libro La experiencia interior, que, los hombres emergen de la naturaleza, se separan de sus orígenes animales, no solo cuando comienzan a trabajar, cuando comienzan a transformar la naturaleza exterior realizando diversas operaciones con sus órganos corporales para obtener los bienes que necesitan para reproducir sus vidas, sino también, cuando se dan dos prohibiciones fundamentales: la de exhibir sus cuerpos desnudos y sus cuerpos muertos. De ahí, que decidieron en ese momento, usar prendas y ropas para cubrirlo, en especial sus órganos sexuales, y, enterrar los cadáveres de sus muertos, para cubrirlos con la tierra. De esa manera, la totalidad de sus cuerpos naturales dejaron de ser y presentarse como tales, impidiendo que una parte de ellos, o, su totalidad, fueran vistos o contemplados por los demás miembros del grupo al que pertenecían.
Sin embargo, a partir de ese momento, los seres humanos, comenzaron a sentir en su interior, el deseo de transgredir o violar esta prohibición que indica la condición humana de su ser, para volver a ser los animales, que, una vez fueron en el pasado; es decir, de ver los cuerpos desnudos de personas que le despiertan atracción sexual o que les dan placer sensible, y, el de contemplar el cuerpo desnudo de personas muertas, que les provocan, sin embargo, repulsión. De ahí, al realizar este deseo, al vivir esta experiencia, sienten una especie de fascinación y placer por el hecho de fundirse de nuevo con esa naturaleza original que yace en sus vidas. Y, al mismo tiempo, sienten repugnancia y rechazo, por el hecho de haber violado esa prohibición que se habían dado, y, que, los separa y aleja de sus orígenes animales. Este doble y contradictorio sentimiento es, entonces, un sentimiento que todos los seres humanos, de manera inevitable, experimentan a lo largo de sus vidas, independientemente del pueblo o del grupo socio-cultural a que pertenezcan hoy, o, hayan pertenecido en el pasado.
George Bataille en 1940
El notable artista colombiano Luis Caballero (1943-1995), que, vivió muchos años en París, y, que, fue influido por las observaciones del pensador francés Bataille, se propuso realizar ese deseo íntimo, casi inconsciente, que anida en la interioridad de todo ser humano, con los medios del arte que le eran propios, creando diversas imágenes artísticas en las que mostró o “exhibió” los cuerpos de seres humanos, especialmente masculinos, desnudos y muertos, o, aparentemente muertos, esos cuerpos humanos llenos de vigor y de fuerza muscular, que, aprendió a pintar contemplando los que pintó y esculpió Miguel Ángel, en pleno Renacimiento italiano
Es decir, se propuso llevar a cabo un acto de transgresión de esa prohibición ancestral que los hombres se han dado, con las imágenes artísticas que creó. Y, al hacerlo, ofrece la posibilidad, a todos los que las contemplan, de realizar ese deseo íntimo o inconsciente que tienen, de ver cuerpos desnudos o casi desnudos, atractivos y erotizados, fuentes de deseos sexuales, que, sin embargo, están, o, parecen muertos. Pues Caballero, con estas imágenes plasma otra idea que también aprendió de Bataille: que entre un cuerpo bello erotizado y un cuerpo muerto no existe una distancia insalvable, una diferencia sustancial, en la medida en que la práctica de una sexualidad erotizada regresa a los hombres a su estado natural original des-diferenciado que niega o “mata” su fisonomía humana, que les hace perder su condición humana.
Autorretrato de Luis Caballero
Fuente: Radio national de Colombia
De ahí, que, Caballero, se propuso, pintando estos lienzos, mostrar en imágenes artísticas-sensibles, la validez o verdad, que, para tenía para él, esta concepción teórica del ser de los hombres, que, Bataille, había formulado y expuesto en sus libros, en especial, en el ya mencionado, La experiencia interior.
En este sentido, Luis Caballero fue un artista que, además, de aprender de las enseñanzas y lecciones teóricas de este importante pensador francés, convirtió sus ideas en guías invaluables y esenciales para crear sus obras. Y, al hacerlo, mostró, una vez más, que una obra de arte valiosa o de calidad original, puede crearse perfectamente a partir de una idea o concepción general, sobre el ser de los hombres o del mundo, que otros han formulado y expuesto. Es decir, que, cualquier artista puede forjar una imagen artística original y de valor, plasmando ideas filosóficas o teóricas que no les son propias y originales, como lo han hecho, además, de Caballero, algunos otros artistas, escritores y poetas, en especial en los tiempos modernos.
óleo sobre lienzo, Caballero 1989
Fuente: Arte Latinoamericano París
Pues, al plasmar en formas artísticas sensibles ideas generales que iluminan algo de la existencia de los seres humanos o del mundo, no solo reconocen el valor cognoscitivo o interpretativo de esas ideas, sino también, ponen de presente o confirman que estas ideas esenciales, pueden ser siempre una valiosa fuente del arte, un significativo recurso que tienen los artistas para forjar sus obras que contribuye precisamente a darla calidad a esas obras. Pues, toda idea valiosa y profunda de estas características, que se plasme o integre en una forma sensible bien hecha, en una forma o imagen sensible en la que aparezca como parte de su “naturaleza o de sí misma”, el contenido general de esa idea, contribuye a darle a esa obra de arte un valor esencial.
Evidentemente, los artistas no tienen necesidad de servirse de conceptos o ideas formuladas por los pensadores, para crear sus obras. Ellos las pueden forjar, como en efecto las han forjada la gran mayoría de las veces, al margen de las ideas que los pensadores han elaborado y expuesto. Pero, cuando alguno de ellos, como Luis Caballero, recurre a algunas ideas teóricas de corte filosófico para crear sus obras se constituye una integración valiosa y original entre el arte y el pensamiento. O mejor, se establece un diálogo fecundo entre el artista y el pensador de modo que este le comunica al artista su pensamiento, y, este, le responde aceptándolo como válido creando una imagen sensible en la que ese pensamiento se encuentra vivo y presente.
