Al recorrer las amplias avenidas de Santa Cruz de la Sierra, el corazón económico de la Bolivia oriental, sentimos inmediatamente el orgullo de la identidad camba. Las banderas verdes y blancas ondean en las ventanas y dan testimonio de una cultura propia de la región. Los cambas, habitantes de las llanuras tropicales del este, se distinguen de los coyas, habitantes de las tierras altas andinas donde ciudades como La Paz se aferran a los relieves. Entre las montañas del Altiplano y el horizonte despejado de Santa Cruz, no es solo el paisaje el que cambia: las culturas y las formas de ser también.
Es en este escenario donde La Casa de la Mujer, una ONG fundada en 1990 y presidida por Miriam Suárez Vargas, desempeña un papel esencial. Cada año, ayuda a más de un millar de mujeres, ofreciendo apoyo jurídico, acompañamiento psicológico y formaciones, mientras realiza un trabajo de prevención en los barrios. Junto a colectivos locales, lucha por la autonomía de las mujeres en un entorno mayoritariamente conservador.
La situación política actual dibuja nuevos desafíos. Desde la llegada de Rodrigo Paz al poder en octubre pasado, los colectivos deben navegar en este nuevo panorama preservando su libertad de acción. Esta realidad se ancla en una herencia más amplia: la del MAS, el partido de Evo Morales, que hizo avanzar los derechos de las mujeres y de los pueblos indígenas, pero que también dejó tras de sí su cuota de decepciones. En una ciudad donde la identidad regional a veces se esgrime para acallar las voces disidentes, La Casa de la Mujer debe constantemente inventar formas de actuar por sí misma.
Para comprender este trabajo cotidiano, fuimos al encuentro de María, figura de la Casa de la Mujer y socióloga comprometida. Esta ONG encarna un feminismo resueltamente independiente y apuesta por la perseverancia para transformar la sociedad, día tras día.
María durante la formación «Mujeres en Resistencia contra todas las violencias».
Fotografía: Tom Schneider.
La Casa de la Mujer: una ONG feminista en un entorno conservador
Para las militantes de la Casa de la Mujer, el primer obstáculo proviene de una doble estrategia de las élites locales. Por un lado, instrumentalizan la identidad regional para limitar la aplicación de las leyes, por otro, llevan a cabo ataques directos: campañas de desprestigio, rechazo de subvenciones, obstáculos administrativos e incluso intimidaciones. En Santa Cruz, bastión de las logias cruceñas y de las redes empresariales conservadoras respaldadas por ciertas Iglesias, el objetivo es impedir que las protecciones jurídicas se apliquen realmente.
Dos textos cristalizan estas tensiones: la Ley 348 de 2013 contra el feminicidio y la Ley 807 de 2016 sobre los derechos de las personas trans. Desde la llegada al poder de Rodrigo Paz, sectores conservadores reclaman su revisión, acusando en particular a la Ley 348 de «judicializar» los conflictos familiares. «Este discurso busca culpabilizar a las mujeres y vaciar la violencia de su dimensión política», explica María. La elección de un ejecutivo moderado pudo atenuar algunas amenazas, pero la presión sigue siendo fuerte. La ONG debe protegerse constantemente de los ataques mientras continúa defendiendo la aplicación efectiva de las leyes.
María también observa una crispación masculina frente a la creciente autonomía de las mujeres. «La violencia doméstica es a menudo una reacción a la pérdida de control, económico o familiar.» Es contra esta realidad que la Casa de la Mujer debe erigirse constantemente, influyendo en las políticas públicas y actuando concretamente en el terreno.
Además de la asistencia jurídica y psicológica, la ONG organiza desde hace años talleres de prevención en los barrios periféricos, lugares donde las instituciones públicas suelen estar ausentes. Sus talleres se dirigen a todos: a las mujeres por supuesto, pero también a los hombres y a los jóvenes. Se habla sin tabúes del reconocimiento de las diferentes formas de violencia o de cómo desactivar los conflictos en el hogar sin recurrir a la fuerza.
«Se trata también de crear las condiciones de una transformación duradera. No podemos contentarnos con intervenir después de la violencia», explica María. «Nuestro trabajo pasa también por la educación. Formamos grupos mixtos en los barrios, trabajamos con las escuelas, intentamos llegar a los jóvenes antes de que los esquemas patriarcales estén completamente interiorizados.»
El desafío es grande en una ciudad donde los referentes culturales siguen siendo profundamente conservadores. Fiestas patronales y carnavales con roles de género muy marcados, quinceañeras que celebran el «paso a la feminidad», música popular con letras frecuentemente misóginas, publicidad que utiliza masivamente el cuerpo femenino: todo parece naturalizar la dominación masculina. «Por eso no podemos trabajar solas», insiste María. «Necesitamos alianzas con otras organizaciones, con académicos, con colectivos feministas.»
Autonomía y alianzas: un feminismo plural frente a las presiones
Para resistir, el movimiento ha aprendido las lecciones del pasado. Bajo el gobierno de Evo Morales (MAS), hubo avances constitucionales, pero la experiencia también mostró los riesgos de instrumentalización. «El MAS integró a mujeres sin cambiar realmente las lógicas de poder», explica María. «Era a menudo representación simbólica, no poder real.» Los límites aparecieron rápidamente: un poder cada vez más centralizado, decisiones tomadas sin consultar a las organizaciones feministas, y la cooptación de ciertas dirigentes para acallar las voces críticas. Esta desilusión reforzó la convicción de que era necesario un feminismo independiente del Estado y de las Iglesias – un feminismo que crítica y transforma desde fuera.
A finales de 2025, la Casa de la Mujer tomó la iniciativa de reunir las fuerzas vivas del feminismo boliviano durante un convenio nacional. El objetivo era claro: tejer nuevamente lazos y reanudar el diálogo entre los múltiples rostros del movimiento. Colectivos urbanos, organizaciones indígenas, militantes de las zonas rurales… todas convergieron para construir, juntas, un frente más unido y más fuerte.
La fuerza del movimiento reside precisamente en su pluralidad. Al enfoque pragmático de la Casa de la Mujer responde la palabra disruptiva de Mujeres Creando, el colectivo de María Galindo en La Paz, que utiliza el arte callejero y la provocación para denunciar patriarcado y colonialismo.
«Mujeres Creando ha liberado formas de expresión necesarias», reconoce María. «Necesitamos ambas: la institución que garantiza los derechos, y la calle que cambia la cultura. Nuestra fuerza es este mosaico que no teme las contradicciones.»
Incluso el patrimonio cultural se aborda con ojo crítico. El concepto aymara de chachawarmi (complementariedad hombre-mujer), a menudo destacado por el Estado plurinacional, se examina minuciosamente. «El chachawarmi forma parte de nuestra historia, pero hay que vigilar que la complementariedad no oculte una jerarquía en los hechos.»
Más allá de las resistencias estructurales, las militantes enfrentan ataques directos. Las campañas de desprestigio y ciberacoso en las redes sociales se multiplican, acusando a las feministas de «destruir la familia». Las presiones económicas se suman a los ataques discursivos. Varias solicitudes de financiamiento público son sistemáticamente rechazadas por las autoridades municipales. Los espacios de reunión escasean, obligando a veces a los grupos a reunirse en domicilios privados.
Conclusión
En Santa Cruz, las feministas enfrentan numerosos obstáculos como un clima político refractario o una cultura popular tradicionalista. Pero han hecho de ello el terreno de una reflexión política y social estratégica. Su combate recuerda que la defensa de los derechos no descansa solamente en las leyes, sino en la autonomía de los ciudadanos y en un paciente trabajo de terreno.
Ya sea que las reticencias provengan de los círculos locales o del gobierno, el movimiento feminista ha privilegiado su independencia. Ha afirmado sus desacuerdos con el MAS sin por ello unirse a la derecha conservadora. Para La Casa de la Mujer, ha llegado la hora de la acción concreta: dar vida a los compromisos en un contexto político fracturado. Esto pasa por un mejor acceso a la justicia y por un acercamiento con otras estructuras. Cada mujer acompañada, cada taller, cada puente hacia la sociedad civil es una victoria modesta pero real.
«El feminismo en Santa Cruz no pretende ser espectacular», concluye María. «Es un trabajo cotidiano, muchas veces silencioso, pero arraigado. Lo importante es que la sociedad avance. Paso a paso.»

Massimo Groppi Y Tom Schneider
Fotógrafo y responsable cultural y periodista, respectivamente. https://www.linkedin.com/in/massimo-groppi/ https://www.linkedin.com/in/tom-schneider-760132206/