Cuando se va al café se trae a la mesa con frecuencia algo para “echarle una mirada”. Puede ser una buena revista como esta o un periódico como aquel o un dispositivo electrónico, como hoy lo hacen muchos internautas. Es el dedo que se detiene sobre la pantalla el que nos indica hoy de quien hablamos. Se trata de una terna de arquitectos mexicanos de valor extraordinario: Luis Barragán, Ricardo Legorreta y Antonio Atollini.
Ricardo Legorreta
Sus vidas atraviesan la memoria de esta disciplina entre el principio del s.XX hasta las auroras del s.XXI . Son discípulos y contestarios de otros colegas como Teodoro González de León (1926), Alejandro Zohn (1930-2000), Carlos Mijares Bracho (1930), Taza en mano, Mario el amigo de compañía invitado a la mesa, jugador de Zodocu empedernido, pone su mirada sobre la imagen de muros y ventanas llenas de color de la obra de estos artistas de las formas habitables. Le hablo mientras tanto de la decisión de estos tres arquitectos, empecinados en no dejarse seducir por el funcionalismo extremo y uniforme de la época y sin abandonar la causa modernista se inspiran en la tradición de la estética mexicana para dar origen a una escuela inédita en el mundo. La postura es valiente, valora la arquitectura tradicional recordando el pasado, al tiempo que insinuando una riqueza de composiciones formales sutilmente embriagantes.
El café se torna alcohólico en nuestras cabezas. Mario explota de alegría al ver especialmente a Legorreta. Literalmente “mete” el dedo en la pantalla del “ipad” y se detiene en la colección de imágenes de muros, agua, vegetación, patios, luz y de color de Ricardo Legorreta en sus edificios de grandes dimensiones. Pero la mirada también se la juega en lo pequeño, en lo domestico, de la obra de estos tres artistas vernaculares modernistas. La emoción que nos producen las imágenes y el relato casi provoca un accidente sobre la mesa y lo que hubiera sido peor sobre el costoso aparato.
Luis Barragán
Barragán nos salva de abandonar al sobresalir en secuencia de las imágenes con la propuesta de aguas tranquilas y fuentes con murmullos. Legorreta por el contrario como en el Camino Real en la ciudad de México, maneja el agua con brío de olas que giran alrededor de sus fuentes.
Para Attolini, el agua se vuelve “vino” para su arquitectura. Él lo dice. Que combinación de colores!! El azul que se torna violeta porque la luz roja y azul rebota entre agujeros de variadísimos tamaños que permiten las estructuras. El color ocre, tan mexicano en la memoria de sus paisajes al igual que la terracota produce una sensación, una emoción de placer climático, un aire seco que golpea la piel de manera agradable entre sombras que comunican el interior con el exterior en geometrías modernas atrevidas. Son muchos edificios los construidos de uno y de otro lado, a veces en compañía, algunos en su país otros en el extranjero.
Antonio Atollini
Todos distinguidos con máximos premios e internacionales. La Fábrica Automex (1963-1969) o el Camino Real de Ciudad de México (1968) o la «Casa Colorada» (1995) el Museo de Arte Contemporáneo (MARCO) de Monterrey (1991), la Catedral de Managua en Nicaragua y el Museo del Niño de Ciudad de México.
Ellos contaban historias con sus muros, crearon caminos que revelaron misterios, concibieron volúmenes capaces de conmocionar lo más profundo de nuestro ser e intentar que el hombre palpara la grandeza para la que fuimos creados. Sus espacios son verdaderos bálsamo para el espíritu de sus habitantes.
Es una “arquitectura emocional” en la que creían capaz de conmover por su belleza, Legorreta, Barragán, Attolini. El amigo Mario mirada fija termina diciéndome: no hay mejor café que el servido para ojear hasta con el divertido ipod. Salud por los maestros.

Tomas Nieto
Arquitecto