Escrito por Bernard Michaut

Desde la aparición del primer hombre sobre la Tierra y la creación de nuestras civilizaciones, el ser humano se plantea todavía numerosas cuestiones sobre sus orígenes. ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Procedimos de un otro mundo? ¿Cuál es el origen de tal o tal pueblo?

¿Conocemos realmente los pueblos Amazónicos, Africanos, Oceánicos, Americanos, Asiáticos, del Oriente o del Occidente ? ¿Cuáles son los límites de nuestro conocimiento? ¿Qué es la historia de nuestro planeta?

Gracias a los grandes descubrimientos, a las investigaciones llevadas a cabo por el Hombre, así como los avances científicos conseguidos, ¡alcanzamos un nivel importante de conocimiento!

Pero un cierto número de preguntas permanecen para esclarecer.

Pese a que el presente y el futuro sean lo más importante, planteámonos la siguiente cuestión : ¿Cuándo y quién existía antes de nuestra era? ¿Quiénes son los ancestros de nuestra civilización?

¿Antes del Cristianismo, de los Hebreos, Americanos, Africanos, Musulmanes, Asiáticos, Hindúes y Bretones? Algunos antropólogos abordaron el asunto. Y en particular un denominado “Marcel Homet” quién durante sus viajes descubrió ciertos pueblos y, apoyado de documentos irrefutables, demostró que existían formas de vida sobre la Tierra antes de nuestra era que se traducían en una gran civilización común. Una única, en todos los continentes ; una única civilización que compartía la misma religión, el mismo lenguaje, una misma escritura y sobre todo el mismo origen:


“La civilización del Sol”.

En efecto, se habló de la famosa civilización de los hombres de la Atlántida, (¿por qué no?) en las Azores, sumergida y desaparecida 120 000 años antes de nuestra era.

En el Océano Atlántico, civilización desaparecida que había extendido su existencia hasta el Mar del Norte y colonizada desde las Azores; África y las Américas en el frente climático; este sumergimiento habría favorecido que el Golf Stream penetrara en los mares polares y derritiera el hielo del hemisferio norte, poniendo fin a la edad de hielo. (Las raíces de las palabras ATL, AS o ATLS se encuentran en la lengua de Mexico)

Añadiendo los descubrimientos de los más grandes exploradores científicos y de varias expediciones submarinas (como en la Isla Helgoland), corrobora exactamente las descripciones de los Griegos, de los conquistadores nórdicos, de las cuales se sirvió Platón en “Critias” y “el Timeo”. Jürgen Spanuth descubrió la ubicación de un templo, castillo rodeado de un extenso muro y de varios edificios en ruina que todavía miden 6 metros de altura – de los cuales Platón precisa 925 metros de longitud.

Aquella famosa civilización desaparecida (¡aunque no lleve el nombre de la Atlántida!) y la Historia (a través de un examen retrospectivo en el tiempo y el espacio) demuestran formalmente la existencia de una gran civilización. Se verifica asimismo en documentos encontrados por todo el mundo. Tal civilización es probablemente la primera que haya iluminado la vida de la Humanidad, “El culto del Sol”. 

En Irlanda y en Bretaña, los pueblos celtíberos, junto con los pueblos de todos los continentes Norte y Sur del planeta, veneraban el Sol. Su lugar era capital pues sin el Sol y sus satélites, la naturaleza y el ser humano no existirían.

El culto al Sol, lo encontramos en todos los países del mundo.

Los Hiperbóreos llamaban al Sol “CROM” ; los Egipcios “R”. Hallamos en Oriente Próximo cuatro religiones herederas del culto al Sol : el Islam, el Judaismo, el Cristianismo y los Griegos Ortodoxos.

Un gran número de Dólmenes son erigidos en Siria. Y siempre allí donde se encuentran menhires, dólmenes, cromlechs, pirámides y lagos sagrados, hubo de existir necesariamente una Civilización Solar, tal como la presencia del Mito de la Serpiente y de la Madre Tierra. Podemos citar por ejemplo el templo de la Serpiente a Ouidah, en Dahomey.

Los menhires egipcios son llamados “Obeliscos” o “Obelos”, en cuya cima se sitúa la Punta Piramidal.

Los menhires y las estatuas de la Isla de Pascua tienen el cuerpo en basalto y la cabeza esculpida en una piedra más blanda de un color rojizo. El culto al Sol se refiere también al Dios del Fuego, de las Erupciones Volcánicas y de la Tormenta.

Los símbolos solares son:

La cifra 12 (Apóstoles o divinidades inferiores de las otras religiones de base). Los Menhires, los Obeliscos, el Círculo Solar con sus treinta y cinco rayos (o llamas), la Serpiente, el Falo, el Bastón de Mando, el Lingam, el Mitra de Civa, el Yônî (órgano femenino en cuyo centro se alza el Lingam (Falo o Menhir)), que forma el Cromlech Crom (Dios Sol), Padre de toda cosa y creador de la vida (fertilidad). La Flor de Loto (sexo femenino), la Flor de Lis, representación de origen celto del sexo masculino y de sus attributos estilizados (que se volverá posterioramente en el emblema de los reyes de Francia) ; la Serpiente de Pluma en México y entre los Hopis – en California ; las Pirámides en Egipto, en América del Norte y del Sur, en Polinesia. Los Arahuacos (Taínos a la colonización) estuvieron en contacto con los Fenicios ; y el dios Solar se llamaba “Chemis” como en lengua semántica “Chamesch”.

El término “Atón” en Egipto servía para calificar los períodos solares. Todos los símbolos eran erigidos en dirección del Cosmos para rendir culto al Sol, Dios Supremo pero ante todo fuente de fertilidad para el ser humano y, aún más importante, de la fertilidad de los suelos, de la Madre Tierra.

Parece que hace decenas de miles de años, los hombres supieron que el Sol “era sombra” y que no enviaba rayos de luz y de calor sino vibraciones que se transformaban cuando sus átomos chocaban con otros átomos de nuestra atmósfera. Nosotros mismos, lo hemos admitido hasta una fecha bastante reciente, cuando el profesor “Auguste Piccard” volvió de su notable ascensión en la estratosfera, aportando esta noticia de que “el Sol era frío y sus rayos helados y oscuros.

En cuanto a las vibraciones solares que los Hombres primitivos habían descrito, nuestros eruditos sólo hablan de ellas desde hace unos años. El Cosmos siempre nos hace regresar al átomo, lo que nuestros tan lejanos ancestros sabían ya muy bien.