¿Dónde sino del sueño?
Pilar Mata Solano
Los sueños invaden la noche, contigo, Musa Onírica, Ángel Lacónico, durante los últimos meses de esta prolongada separación en la que tengo que leer al destino.
Deben de compensarme el infranqueable abismo que impone la distancia, en la que me penetras y conduces por páramos desconocidos, tan incomprensibles y absurdos como revelador es el sol en una tirada de cartas del Tarot.
Brindándome un tiempo engarzada a tu presencia de diamantina luz matinal o neblina velada en atardeceres, hasta que el despertar desploma un castillo de naipes y desaparece un tiempo que no deja trazo, el olvido lo arrasa con su inquebrantable zarpa.
Pero ¿no desaparece siempre el tiempo? O, te lo presento como —si lo deseas— : ¿No nos borra y nos devora siempre el tiempo? Ese transcurrir infinito, severo sucederse que avanza como infatigables jinetes hasta la estepa de la noche y parte con las horas, sean de carne o de arena.
¿Y no regresará? — me pregunto— ese tiempo que se evade, que se borra, que desaparece, sea de carne o de arena, ¿No regresará —digo— al lugar de donde proviene? ¿A su pura esencia y origen? ¿Y adónde sino al sueño? Furtivo y ficticio tiene espíritu, es mágico, mueve montañas, corriente submarina e incontenible vendaval.
Y si al abrir los ojos guardo todavía el gusto de intensas imágenes, vivísimas, que he compartido contigo, Musa Onírica, Ángel Lacónico, se diluyen como el azúcar en el café en la laguna que oculta la misma suerte de la existencia, pero han engañado a mis sentidos, corazón abierto sin sangrar, sed que no se colma bebiendo, mientras paseábamos por el Prado con el aire que Goya pintó en sus cuadros.
Sin mi pesar, al contrario, irrealidad tan intensa como el acuario de cristales por cuyos fondos navega mi velero, espejo que deforma los contornos y me conduce, entre tinieblas y relámpagos, por selvas con leguas de fuego y visionarios viajes.
Incluso, en ocasiones, veo desde el interior mismo de la belleza, de la esencia, de lo divino, a la que contemplo hechizada, admirada, lúcida, y oigo sublimes sinfonías celestiales con cien trompetas y siento miedo de tanta desbordante plenitud porque temo enloquecer.
Pero hay algo de liberador, el barco no decide la tempestad, aunque solo mi ojos sean testigos y solo mis oídos escuchen el canto de las aves del paraíso, porque te hablo, Musa Onírica, Ángel Lacónico, y me contestas, y te tengo a mi manera, pese a que sea trivial lo que solo uno puede compartir dormido, como despierto ver “gigantes” cuando son molinos, y triste el destino condenada al silencio que me infliges.
Pese a que te escapes, huyas de la morada en la que habitas para visitarme en el secreto desvelado por estas líneas que son estelas de luciérnagas que iluminan la sombras de veranos perfumados con las rosas favoritas de mamá, carmesí.
Y regresa el tiempo perdido, como las olas infatigables, a lamer los muslos desnudos con la dulce uva de la dicha de cuyos parajes, presumo, provenimos y a cuyos parajes vamos: ¿Dónde sino del y al sueño? Y te estrecho con los brazos del alma y me fundo en un poema velado por la brisa.
